Ruinas de la Santísima Trinidad del Paraná

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26-5-2021. Destellos de Paraguay


Enfrentar el misterio de no saber qué te espera ahí fuera nos produce a todos un efecto paralizante al principio. Más tarde, cuando te convences y echas un pie más allá de la zona de confort, asumes que cualquier eventualidad puede darse a partir de entonces y es ahí donde empieza, lo que llaman, el proceso de aprendizaje. Los imprevistos pueden ser un motivo de estrés y pueden llevarte a una situación de bloqueo aunque también tienen una lectura positiva. Te activan emocionalmente con tal intensidad que gracias a ellos las experiencias se convierten en inolvidables.

UN PLAN GUAY DEL PARAGUAY

A primeros de marzo de 2017, me programan un vuelo a Asunción. Voy a visitar Paraguay y en los dos días de estancia decido visitar las ruinas jesuíticas de Trinidad, uno de los complejos arquitectónicos Patrimonio Universal de la Unesco menos visitados del mundo, situado a unos 410 kilómetros al sureste de Asunción. La distancia entre la capital paraguaya y Encarnación, la ciudad más cercana a mi destino, sólo puede completarse por carretera así que opto por el bus, a pesar de las advertencias que he leído con respecto a la seguridad en la zona de la estación. Paraguay es un país relativamente seguro pero, como en todas partes, hay zonas en las que conviene estar vigilante.

La idea es viajar por la noche en un asiento semi-cama de la em-presa La Encarnacena partiendo a las 00:30h de la madrugada y con llegada a Encarnación 6 horas y media después. Una vez allí cogeré un microbús mucho más modesto que me dejará en una parada ficticia, en mitad de la carretera, desde donde tendré que caminar unos 10 minutos hasta la entrada a las ruinas. En total, estaré unas 14 horas y media en carretera por unas 7 horas de visita y no puedo estar más ilusionado!

Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador…

He aterrizado el mismo día por la mañana, con tiempo suficiente para descansar y preparar todo lo necesario para la excursión. Agua fría, comida abundante, bañador, toalla, muda extra y gorra para soportar las altas temperaturas de la zona completan, junto a mi inseparable Lonely Planet, el contenido de la mochila. Realizo el pago del billete ida y vuelta desde el hotel y alrededor de las 23:45h bajo a recepción para llamar al taxi que me lleve a la estación. Cuando las distancias lo permiten, prefiero caminar para estirar las piernas y activarme pero siendo la primera vez y tras leer las recomendaciones de la guía, esta vez decido hacer los algo más de 5 kilómetros en coche.

Una vez más, seguramente por deformación profesional, llego con tiempo de sobra y decido darme un paseo por el interior de la terminal, completamente ajeno a lo que iba a suceder allí mismo tan sólo unos minutos después. De camino a la zona de andenes, me reúno con el grueso total de pasajeros, menos de 50, que esperan pacientes sus respectivas salidas. Es algo más de media noche y la tranquilidad reina en la vieja estación.

Noticia del incendio

¡FUEGO!

De repente, oigo un creciente murmullo de voces. Me giro y a la izquierda un grupo de personas señalan nerviosas a la segunda planta del edificio y al alzar la cabeza veo un fuego. Un fuego considerable y violento que avanza a gran velocidad. A partir de ahí todo se sucede muy rápido y de manera atropellada. Algunos empiezan a gritar tratando de avisar a los que puedan haber dentro del edificio, otros llaman angustiados por teléfono, unas mujeres reúnen apresuradas a sus hijos y al equipaje en una zona más alejada. Faltan unos 10 minutos para la hora de salida y mi autobús permanece cerrado con el conductor dentro. Los pasajeros, inquietos, se agolpan en el vehículo y empiezan a exigirle que abra. Este, que parece completamente ajeno, reacciona en un instante y visiblemente asustado nos indica con el dedo que no va a abrir y que tiene que sacar el autobús cuanto antes del andén. “¿Cómo??”, “¿a qué viene esto?”. Algunos se enfurecen y golpean la puerta. Mientras tanto, las llamas se acercan peligrosamente, han alcanzado ya el techo y la estructura empieza a caer sobre el piso. Una potente explosión provoca chillidos entre los más pequeños y el caos se instala definitivamente en la estación. No hay más remedio que evacuar de urgencia.

De pronto, el conductor da marcha atrás y sale a toda prisa del andén, frena en seco a unos 30 metros de distancia, nos hace unos gestos y adivinamos sus intenciones. A la carrera, alcanzamos el vehículo y embarcamos precipitadamente entre sofocos, saltándonos el protocolo de comprobación de billetes. En la huida desesperada, desde las ventanas del lado izquierdo, somos testigos de la magnitud de la tragedia. El fuego desatado sigue devorando con saña la segunda planta del edificio y en la distancia oímos aproximarse las sirenas de los bomberos. Al alejarnos, sintiéndonos ya a salvo, recobramos poco a poco la calma y el autobús permanece en silencio durante casi todo el trayecto.

Al día siguiente la noticia abrirá los informativos nacionales como “un incendio sin precedentes” en la historia de la ciudad de Asunción.

Amanece una hora antes de llegar a Encarnación y tras desperezarme, mi estómago anuncia con urgencia que es hora de desayunar. Por un instante me asalta el desasosiego al no saber qué voy a encontrarme cuando regrese a Asunción o si cancelarán el trayecto de vuelta por el incendio pero, mientras engullo el sandwich de paté, del lado derecho observo de repente uno de los highlights que me han traído aquí. El gran río Paraná, el segundo más largo de Sudamérica y el quinto más caudaloso del mundo discurre apacible entre Paraguay y Argentina camino de su desembocadura en el océano Atlántico. Como si de un jardín Zen se tratara, la visión del colosal arroyo consigue relajarme y pronto concluyo que no voy a preocuparme por anticipado. “Resolveré sobre la marcha, siempre hay alternativas”, me repito.

A Encarnación se la conoce como la “Perla del Sur” por ser la ciudad más atractiva del país y también por albergar uno de los carnavales más divertidos del continente. El Paraná hace de frontera natural con Argentina y en la orilla del lado paraguayo destaca la extensa playa fluvial, que es su principal reclamo turístico. En el margen opuesto, Posadas, y ambas ciudades unidas por un espectacular puente inspirado estéticamente en el Golden Gate de San Francisco.

Puente sobre el Paraná

UNAS RUINAS QUE SE ESCONDEN

De todos modos, mi primera parada son las ruinas jesuíticas y para ello pregunto en la estación por el bus que va a Trinidad sobre la ruta 6. Todavía me quedan unos 45 minutos hasta mi destino y pronto me doy cuenta de que no van a ser los más cómodos. Las prestaciones del mini bus y el hecho de que vaya atestado de pasajeros no invita al descanso, aunque me animo al verme, como el único forastero, en un universo tan peculiar y distante.

Las paradas se suceden cada poco y los vendedores ambulantes suben ofreciendo agua, dulces y el tradicional pan de chipa, hecho con almidón de mandioca y queso. Llama la atención la habilidad con la que se mueven con la mercancía a cuestas por el abarrotado y reducido pasillo.

Al subir al bus había preguntado a la señora de al lado por la parada a las ruinas y ahora, en un alto en mitad de la carretera, me veo sorprendido con su amable aviso. “¿Aquí, seguro?”, pregunto y se reafirma señalándome una senda que sube del lado derecho. Al apearme en solitario, observo que no hay ni rastro de indicación del que es el principal reclamo cultural del país.

Tras un paseo de unos 5-10 minutos bajo un sol castigador y tras pagar 25.000 guaraníes (unos 3 euros) por la entrada, por fin me hallo ante la última y mejor conservada reducción construida por los jesuitas españoles que se asentaron en Paraguay en los siglos XV y XVII.

Ruinas de la Santísima Trinidad del Paraná

Las ruinas de la Santísima Trinidad del Paraná, en Itapúa, destacan por su diseño urbanístico, obra del arquitecto Juan Bautista Prímoli.

El circuito se inicia con la Plaza Mayor, un amplio espacio común bordeado por las casas de los nativos, estas a su vez adornadas con arcos que recuerdan el estilo romano.

Más adelante, se yergue la construcción principal, la Iglesia Mayor, donde se aprecian verdaderas piezas de arte, como la pila bautismal, tallada en 1720, y el púlpito del sacerdote, finamente trabajado con figuras religiosas de estilo barroco guaraní.

Las paredes aún esconden retazos de figuras y otros elementos arquitectónicos, como las estatuas, todas descabezadas.

Los jesuitas igualmente construyeron en la reducción instituciones de enseñanza para los indígenas, además de cementerios, talleres y zonas de cría de ganado y agricultura.

Sorprende poderosamente que seamos menos de 10 personas en un lugar que es Patrimonio Universal de la Unesco desde 1993 y que abarca unas 13 hectáreas de campo abierto. Un auténtico privilegio no exento de pequeños inconvenientes. No hay árboles donde apaciguar el asfixiante calor ni alguien cerca que pueda tirarte una foto.

ENCARNACIÓN Y SU CARNAVAL

De regreso a Encarnación, en otro mini bus que me recoge en modo autostop, la prioridad es refrescarme y comer algo pero también buscar algún vestigio de la reciente fiesta. Lonely Planet Sudamérica para mochileros destaca el carnaval de la ciudad como uno de los más originales y divertidos, junto con el de Río, e incluso lo selecciona como una de las 15 mejores experiencias de las que disfrutar en el viejo continente.

Sambódromo

La equivalencia con el de Río de Janeiro quizá parezca exagerada aunque las comparaciones son inevitables puesto que, al igual que el brasileño, el carnaval encarnaceno se celebra en un sambódromo situado en el reluciente paseo marítimo de la ciudad. Yo me lo pierdo sólo por muy poco, puesto que hoy es el primer viernes de marzo y la fiesta se ha celebrado durante los fines de semana de febrero. Reconozco que ver el sambódromo vacío en primera línea de playa me pone los dientes largos y sueño con que en un futuro pueda verme allí festivaleando por todo lo alto.

Tras refrescarme y contemplar desde la distancia el famoso puente que une dos países, busco el mejor restaurante donde probar la especialidad culinaria local, el lomito árabe, una especie de kebab al estilo paraguayo. Caminata en vano puesto que está cerrado así que aprovecho que estoy cerca para ver la plaza de Armas y pasear por las calles principales hasta que, otra vez, el sofocante calor del verano paraguayo se apodera de mí. Al final improviso y acabo zampándome una Big King en la Costanera, extasiado de placer frente al potente aire acondicionado.

Plaza de Armas de Encarnación

Pongo fin a mi periplo con una rápida visita a la antigua casa de Alfredo Stroessner, el oriundo de Encarnación más conocido en el país, no precisamente por su buena obra. Ahora reconvertida en una coqueta universidad privada, la institución se mantiene ajena a la historia del golpista sanguinario que convirtió Paraguay en la dictadura más longeva del continente.

Durante el camino de regreso y a la llegada a Asunción no hay más percances salvo que desembarcamos unas calles más allá de la terminal incendiada. Dicen que lo que mal empieza mal acaba y yo, después de esta aventura, no puedo estar más en desacuerdo.

De hecho, ya estoy pensando en la próxima!

Playa fluvial en Encarnación

 Amanecer en Cayo Mayor

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CAYOS COCHINOS, UN TESORO POR DESCUBRIR (28-29/01/20)


El primer destacamento del fatídico 2020 tiene lugar a finales de enero. Es la segunda vez que viajo a San Pedro Sula pero en esta ocasión tengo la suerte de pasar dos días en destino y 48 horas bien aprovechadas dan para mucho.

Honduras es un país complejo. La inseguridad se ha disparado en los últimos años sobre todo por la delincuencia relacionada con las maras en los grandes núcleos urbanos y, pese a ello, el país recibe dos millones de turistas al año. Las bellezas arqueológicas como las ruinas de Copán y los paisajes espectaculares con playas paradisíacas, poco a poco, lo están convirtiendo en una potencia turística muy a tener en cuenta en la zona.

Objetivo Cayo Cochinos

Mi objetivo es ir a conocer Cayos Cochinos, un archipiélago situado a unos 30 kilómetros al noreste de la costa norte de Honduras. El grupo de islas está formado por dos pequeñas islas (Cayo Menor y Cayo Grande) y otros 13 cayos más pequeños de origen coralino. De hecho, el arrecife sumergido bajo esas aguas es parte del segundo arrecife de coral más grande del mundo, la Barrera de Coral mesoamericana, un destino codiciado por buceadores.

Tomo la iniciativa creando un grupo de wassap con el resto de la tripulación para organizar la excursión y cuatro compañeros pican el anzuelo. Carlos, Ezequiel, Costanza y María. Ezequiel es el único que conoce el lugar de un viaje anterior pero quiere repetir, quién sabe si movido por la posibilidad de coincidir allí con alguien del equipo de Supervivientes, uno de sus programas favoritos.

Varios compañeros que han hecho ya el vuelo a Honduras me pasan el teléfono de César y me cuentan que él se encarga de todo. La excursión cuesta 150 dólares e incluye (ida y vuelta) la recogida en el hotel y transporte a la Ceiba (191 kilómetros), transporte en lancha hasta el Cayo Mayor, una noche de alojamiento allí, el desayuno al día siguiente y otras paradas a Cayo Menor para hacer snorkel y un cayo más pequeño para tirar algunas fotos. De primeras parece un chollo aunque la vida y los precios se ven desde una perspectiva distinta en Centroamérica.

Inicio desalentador

El inicio es desalentador. Estamos agotados esperando en el hall del hotel y mis gestiones telefónicas con César se tuercen por momentos. El vuelo ha sido muy largo, no hemos tenido tiempo de siesta y ya sabemos que la paciencia es enemiga del cansancio. Primero me dice que viene con 15 minutos de retraso pero que llega seguro, después me dice que en media hora, luego desaparece del mapa y no responde a mis wassaps, así hasta que después de una hora de demora decidimos que, o llega en diez minutos o cancelamos. Cuando pasado ese tiempo por fin aparece César, casi nos importuna su llegada.

Por otro lado, durante la espera, en mis entradas y salidas del lobby a la calle para airearme, soy testigo de un episodio de una sobrecogedora crudeza.

Tres niños de no más de ocho años completamente sucios, descalzos y con la ropa hecha jirones mendigan propina limpiando parabrisas en un semáforo frente al Hilton. La escena es tan brutal que la vergüenza y la pena me invaden por completo.

Vuelvo dentro para coger algo de comida que he reservado en la bolsa para el viaje, yogures, galletas saladas y mini porciones de mantequilla y mermelada y voy hacia ellos sintiendo la humillación en mis propias carnes.

Inesperadamente el más pequeño, no más de cinco años, se aleja por un momento de los otros dos para dirigirse a otro semáforo cercano y al verme de frente adivina mis intenciones y se acerca decidido. Conmovido, estiro el brazo para darle la bolsa y le digo que lo reparta con los demás. Me da las gracias y vuelve apresurado con los suyos.

La vida sigue

Ignoro los códigos que rigen la supervivencia. Sólo sé que me siento ridículo, impotente y muy asqueado. La buena noticia para mí es que, como dice la canción de Sabina, la vida sigue “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido” y de cualquier modo reanudo mi excursión al mismo tiempo que los niños regresan “donde habita el olvido».

Iniciamos el periplo alrededor de las 13:00h tras una parada para comprar comida, bebida y hielo para el camino. La mini-van tiene siete plazas en la parte trasera con lo que el espacio es razonablemente cómodo. Con wifi a bordo y unas cervezas frías mediante, dejamos atrás la irritación inicial con César y nos ponemos en modo disfrute ON.

Pronto nos damos cuenta de que la convivencia entre los cinco va a ser fácil a pesar de que la mayoría apenas habíamos coincidido anteriormente. Las habilidades sociales se presuponen entre las cualidades de los tripulantes aunque todos sabemos que también hay muchas excepciones.

Llegada a La Ceiba

Llegamos a La Ceiba según lo previsto y sin percances. La ciudad tiene el mismo nombre que el árbol nacional de Guatemala porque, según cuenta la tradición oral, había allí en 1815 un árbol tan inmenso que se necesitaban 50 hombres tomados de las manos para poder rodear completamente su tronco. Hoy es el puerto de salida al Caribe del norte de Honduras y aunque las infraestructuras son rudimentarias, los operarios se mueven con rapidez para que embarquemos de manera eficaz.

En cuestión de pocos minutos estamos subidos a la lancha de madera y zarpamos inquietos rumbo a las islas surcando lo que parece una piscina natural salada. A la expedición se ha sumado Walter, nativo garífuna de sonrisa fácil, quien nos acompañará hasta el final y se encarga de pilotar la fueraborda.

Los garífuna

Los garífuna son un grupo étnico que surgió en el siglo XVII al mezclarse los antiguos nativos caribeños con los esclavos africanos que llevaron los europeos a Centroamérica. Tras duras luchas contra franceses primero e ingleses después en el XVIII, consiguieron establecerse en la zona y llegaron a Honduras en 1797. Desde entonces se integraron fundamentalmente en trabajos agrícolas y pesca. Son un pueblo pacífico, muy hospitalario y orgulloso de su pasado y su cultura.

La primera parada la hacemos en uno los 13 cayos menores. Es la postal perfecta en el momento exacto. Rodeada por un azul completamente liso emerge la pequeña superficie de arena blanca mudando a dorado en ese preciso instante. Está coronada por un puñado de palmeras que parecen puestas a propósito para adornar. Un capricho de la naturaleza que culmina con una puesta de sol soberbia a la que asistimos excitados, móvil en mano, procurando en vano capturar la perfección en una foto.

Muy contentos nos dirigimos a continuación a Cayo Mayor, donde se encuentra la aldea garífuna en la que pasaremos la noche. Unas 120 personas viven en la isla repartidas en dos comunidades y la nuestra es la más pequeña. Walter entra derrapando espectacularmente para atracar en el muelle y César nos cuenta que no es sólo pavoneo sino también una maniobra necesaria para sortear el fondo, muy poco profundo.

Desembarcamos en la noche cerrada y caminamos unos metros hacia la tenue luz que nos lleva a un grupo de cabañas con una amplia terraza de madera que descansa sobre la orilla. Unos niños acuden curiosos a recibirnos con una sonrisa y observamos el trajín en la caseta que parece ser la cocina. La mujer que la gestiona nos recibe calurosamente mientras abrimos las últimas cervezas frías de la nevera.

Aseo con cazo y barreño

El cansancio hace mella y la quietud de la noche con el murmullo del mar invita a relajarse y dejarse imbuir por la paz del lugar. Antes de cenar nos instalamos en la vivienda que compartiremos, elegimos cama de entre un grupo de literas y nos aseamos, como lo harían nuestros antepasados, con cazo y barreño.

Las instalaciones, a pesar de ser modestas, están muy limpias y bien acondicionadas y todos estamos conformes. La mayoría nos decidimos por un delicioso pescado frito con verduras y fruta aunque también nos ofrecen pollo para cenar. Agotados, declinamos el ofrecimiento de una demostración de danza típica y nos vamos dormir.

El día empieza muy pronto, todavía a oscuras. Todos sabíamos que conviene madrugar para no perderse el espectáculo y uno a uno, en silencio, vamos tomando posiciones en la orilla según llegamos, como si de una sala de cine se tratara. Como haciéndose el interesante, el sol pospone el instante hasta que, por fin, se aparece imponente regalándonos un amanecer para el recuerdo que queda grabado en nuestras retinas y en los móviles, por supuesto.

Gran bandeja de frutas

Después del desayuno nutritivo, con la bandeja de fruta variada más generosa que haya visto nunca, nos reunimos con los niños para entregarles los juguetes que les hemos traído de España y departimos con ellos en un rato muy agradable. Costanza, Ezequiel y María son los más juguetones con los peques y ver dibujada la felicidad en sus rostros nos llena a todos de gozo y emoción en la despedida. Ya no volveremos a Cayo Mayor.

El itinerario sigue con una parada en Cayo Menor, la isla donde se hospedan los presentadores de Supervivientes y, aunque ellos no están, nos encontramos con el equipo de Producción que ultima los preparativos ante el comienzo del programa el mes siguiente. Ezequiel, por supuesto, está al corriente de todo. El despliegue de logística es importante y la isla ha sido engalanada para la ocasión con edificaciones que nada tienen que ver con las sencillas viviendas garífunas. Aun así, los nativos parecen encantados con la presencia de españoles de quienes, seguramente, obtienen considerables beneficios.

El plato fuerte del día

Nos movemos a otro enclave de la isla para disfrutar del plato fuerte del día. Snorkeling en una de las zonas top del mar Caribe. Walter nos conduce a un apartado donde cree que podamos ver fauna marina y, ansiosos, nos enfundamos el equipo y nos lanzamos al agua. Carlos se muestra reticente al principio aunque acaba probando sabedor de estar ante una ocasión privilegiada. Sólo por la belleza de las formaciones de coral ya vale la pena asomarse a estos fondos marinos. Nosotros tenemos la fortuna de ver, además, peces trompeta, una raya y peces de mil colores. Una maravilla de la que pudimos dejar testimonio gracias a la cámara acuática de Ezequiel.

A continuación, tras la intensa actividad submarina, nos dirigimos a una playa cercana para relajarnos un rato y hacer un picnic improvisado con los snacks que nos quedan. Mientras tanto, Walter se adentra en la espesura para volver con una sorpresa: un ejemplar de boa rosada, una especie endémica y completamente inofensiva. De hecho, la que está en peligro de extinción es ella.

La excursión llega a su fin y navegamos a toda velocidad hacia La Ceiba masticando caña de azúcar y absolutamente complacidos con lo vivido. Aunque breve, ahora podemos corroborarlo: Los Cayos Cochinos son un paraíso terrenal que vale la pena descubrir.

 

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12-01-2021. Querido Rucu PichinchaWhatsApp

«Chantal-Maudit: “Persigo la felicidad y la montaña sale en mi búsqueda”.

Escribo este relato desde mi hotel en Quito, donde sigo varado por el temporal Filomena. La tripulación de la que formo parte ha tenido que posponer el regreso a Madrid por la histórica nevada que ha paralizado todas las infraestructuras, incluido el aeropuerto de Barajas y aprovecho la circunstancia para revisitar un lugar importante para mí, el volcán Rucu Pichincha.

El Rucu, viejo en quechua, Pichincha es un volcán extinto que alcanza los 4.696 metros sobre el nivel del mar. En 1859 tuvo lugar su última gran erupción dejando a la ciudad de Quito casi completamente destruida. Por su cercanía a la urbe es un pico perfecto en el que iniciarse y practicar la aclimatación en altitudes superiores.

Como en tantas otras historias marcadas por una anécdota, la primera vez que lo coroné (2 de diciembre de 2018) lo hice en vaqueros y zapatillas. En realidad, subir a la cima nunca fue el propósito. En aquel viaje, también de trabajo, me acompañaba mi pareja y la idea era dedicar nuestra segunda mañana en Ecuador a dar un paseo y disfrutar de las impresionantes vistas desde lo alto del teleférico. Nunca habíamos subido a 4.000 metros y, aunque iniciamos juntos la cumbre, pronto ella paró al sentir que le faltaba oxígeno en los pulmones. Convinimos entonces que, mientras ella esperaba abajo en la cafetería yo seguiría un poco más. Un poco, otro poco más y así sucesivamente hasta hacer cumbre con relativa facilidad.

Fotos de 2018:

Esa ascensión me dio la confianza necesaria para acometer la hazaña o temeridad, según se mire, que vino tres meses después: subir el Cotopaxi (5.897 metros) con tan solo 72 horas en Ecuador y habiendo visitado Mindo (1.250 m.) el día antes.

En cualquier caso, una locura que recordaré siempre como uno de los momentos más felices de mi vida. El Rucu Pichincha representa, por lo tanto, la primera zancada en mi relación con la escalada en montaña. Un romance que, aunque no pueda regar con frecuencia , ahora sé que va a durar hasta que la muerte nos separe.

Volviendo al presente, la estancia prevista en Ecuador iba a ser de dos días (del 7 al 9 de enero) pero al prolongarse como consecuencia de la meteorología en Madrid replanteo un imprevisto que se presentó a la llegada. El teleférico permanece cerrado hasta el 15 de enero por la dichosa pandemia. Últimamente parece que el mundo se ha vuelto loco pero no voy a permitir que se desbarate mi ansiado plan. Lo solucionaré organizando la subida desde más abajo.

Descubro, tras documentarme en internet y preguntando al personal del hotel y taxistas, que existe un sendero que asciende zigzagueando desde los 3.117 metros de la plataforma motriz del funicular, aunque se recomienda no ir solo, sobre todo si eres extranjero, porque se han producido robos en la zona.

Además, tampoco está nada claro el inicio del camino ya que se encuentra en mitad de un área privada de pastos. Por supuesto, ni rastro de la ruta en Wikiloc. Lejos de tirar la toalla,  decido personarme allí en taxi con la esperanza de toparme con algún montañero que tenga las mismas intenciones que yo. Al fin y al cabo es domingo y, según he leído, los fines de semana el sendero suele estar concurrido.

Mientras preparo la mochila para el madrugón del día siguiente asoman las dudas y ese familiar nerviosismo ante lo desconocido. Todo va a salir bien, me digo antes de dejar el móvil cargando desde la cama.

Como de costumbre, me despierto antes que suene la alarma a las 5:50 am, me tomo un café y el Uber viene a recogerme muy rápido. Le pregunto al conductor acerca de la existencia del sendero y me dice que ni idea pero se presta a ayudarme a buscarlo. Al final, todo se soluciona cuando al llegar veo a lo lejos a un chaval con una mochila a la espalda que encara raudo un camino que sube tras una valla. Salgo corriendo del coche y le grito desde la distancia:

-“¿Subes al Rucu Pichincha?”

– “Sí”

–“¿Te importa que subamos juntos?”

– “No”.

Asunto resuelto. Todas las dudas y miedos se despejan y, desde ese instante, se abre ante mí un inolvidable día de montaña con el añadido de compartir la experiencia con un local. Siempre he pensado que soy un tipo con suerte.

Gracias a Paul

Paul tiene 33 años, es de Quito y, por la velocidad y la agilidad con la que sube los primeros metros, me pregunto si podré seguir su ritmo. El primer tramo es de mucha inclinación ya que acortamos el sendero marcado ascendiendo campo a través entre vacas y algún caballo, pero estamos bien de fuerzas y subimos con rapidez, haciendo frecuentes paradas cortas para recuperar. En una de ellas aprovecho para echar rápido un plátano al estómago ante el temor de desfallecer por el ritmo frenético de subida.  Tras el escueto desayuno continuamos la marcha dejando la línea del funicular a nuestra derecha.

En 1 hora y 40 minutos, tras salvar los primeros 830 metros de desnivel, ponemos fin a la dura primera etapa con llegada a la Cruz Loma, (3.947 m.) estación de llegada del teleférico. Parada para comer un sándwich, foto rápida en el conocido columpio con maravillosas vistas a Quito y pronto reanudamos rumbo a la cima.

El siguiente tramo es mucho más liviano, casi un paseo, que invita a la charla. Para entonces, la buena sintonía con mi compañero de viaje se ha hecho patente y confirmo que, tanto el nivel físico como la pasión de ambos por la montaña, son muy parejos.

A unos 4.300 metros de altitud, del lado izquierdo, nos encontramos con una gran hendidura de piedra conocida como la Cueva del Oso, donde hacemos otra parada para comer y descansar unos minutos antes de acometer el último esfuerzo. A partir de ahí llegan las dificultades. En primer lugar, un paso en el que hay que sortear unos dos metros con pies-manos sobre una pared húmeda y con caída y, acto seguido, da comienzo el arenal, la etapa más difícil antes de llegar la cima.

Procedemos a abrigarnos y empezamos a ascender impulsándonos con pasos cortos y explosivos seguidos de breves paradas para recuperar el aliento. A unos 30 metros antes de alcanzar la cumbre da comienzo el último tramo de roca que hay que escalar utilizando, de nuevo, todas las extremidades. Paul y yo admitimos que nos gusta trepar, aunque conviene extremar las precauciones ante el desgaste físico acumulado. Finalmente, tras superar 1.579 metros de desnivel en casi cuatro horas de escalada intensa, alcanzamos la cima tan  emocionados que, transgrediendo conscientemente las distancias, nos tomamos un selfie sin mascarilla para el recuerdo.

Permanecemos los dos unos minutos en la cima del Rucu Pichincha comiendo algo, compartiendo los números de teléfono y departiendo con el grupo reducido de montañeros que llegan poco después. La niebla, concediendo una tregua, se abre por momentos y a través de las ventanas naturales contemplamos el majestuoso paisaje. Los rostros no pueden disimular la alegría y satisfacción generalizada.

Durante la bajada decidimos que seguiremos en contacto para nuevas visitas juntos a la montaña. Paul confiesa que le llama la atención mi rápida aclimatación a las alturas y me asegura que contará conmigo para incluirme en su grupo de escaladores. Estaré encantado de que así sea.

Seguramente regresaré al Rucu Pichincha en un futuro pero, aunque las circunstancias lo impidan, mi gratitud a esta montaña por todo lo que me ha dado será imperecedera.