Ana, Óscar, Pedro, Virgilio y Elías

thumb image

Hace un tiempo reflexionaba con mi amigo Carlos acerca de las diferencias fundamentales entre viajar y hacer turismo y, tras un largo rato debatiendo y desechando ideas más o menos preconcebidas, llegamos a un consenso en torno a dos conceptos que nos parecieron los más relevantes:

  1- Los motivos que empujan a cambiar de emplazamiento y 

  2- el interés por integrarse en el entorno al que uno se traslada. 

Aunque ambas actividades comparten la curiosidad por conocer algo nuevo, convenimos que el turismo está más asociado al ocio y conlleva una mayor planificación puesto que el aliciente principal del turista es visitar los atractivos del lugar escogido. Normalmente, cuantos más, mejor. Sin embargo, la inclinación por involucrarse a la nueva realidad buscando, por ejemplo, fórmulas para interactuar con el paisanaje o con el medio le resultan, cuando menos, secundario.

El viajero también quiere ver esos lugares atractivos aunque puede haber más motivos que le llevan a moverse y, en cualquier caso, subyace una necesidad por salir de la zona de confort para provocar una experiencia de crecimiento personal. Por ello, fomenta la interacción e intenta aprender de las diferentes costumbres con el propósito de sentirse partícipe de la vida que tiene alrededor. 

Unión del Caroní con el Orinoco

Quiero dejar claro que la intención de comparar turismo con viajar no nace con la pretensión de establecer diferentes categorías poniendo a una por encima de otra puesto que, personalmente, practico y disfruto de las dos experiencias siempre que puedo. Dicho esto es obvio, por tanto, que uno puede ser viajero o turista en función de la circunstancia aunque asimismo debo reconocer que a nivel emocional viajar me tiene definitivamente más enganchado. 

Bueno, que toda esta monserga sirva a modo de introducción para pasar a contar una vivencia genuina que he tenido la oportunidad de vivir justo antes del maldito virus o para ser más exactos, durante la propagación del mismo. Un auténtico viaje que con el tiempo espero recordar únicamente como el conmovedor primer capítulo de una gran historia que está todavía por escribir.

Venezuela fue el destino por razones de trabajo y el tiempo de estadía en el país sudamericano tan sólo 3 días (8-11 marzo), aunque consideraré sólo 24 horas de ese tiempo como una vivencia absolutamente excepcional. El tiempo pues, no considero que sea un elemento decisivo en la distinción entre los términos anteriormente citados.

24 HORAS EN EL CORAZÓN DE VENEZUELA

Son las 4:00 de la mañana del día 9 de marzo y despierto antes de que suene la alarma del reloj. Los nervios y el jet-lag sólo me han dejado dormir unas 3 horas y el sopor, sumado a las prisas, provocan que me haga un corte considerable en un dedo con la maquinilla desechable al buscar la pasta dentífrica en el interior del neceser. Tras unos segundos interminables me convenzo de que no tendré que correr a la recepción en busca de un botiquín y consigo parar la hemorragia con abundante agua y papel higiénico. 

Ya abajo, con una mochila a la espalda, uno de los empleados procede a hacerme una cura y me coloco una tirita mientras el jefe de seguridad del hotel espera pacientemente para dirigirnos de nuevo al aeropuerto de Maiquetía Simón Bolívar. El día de la marmota. Hace tan solo 8 horas que he aterrizado ahí mismo, exhausto tras una dura jornada que empezaba en Madrid. 

La finca de Pedro

El dispositivo que he tenido que poner en marcha en mi salida incluye, además, una llamada a la jefa de escala de la compañía para proporcionarle toda la información acerca de dónde, cómo y cuándo voy a regresar y el compromiso expreso de que contactaré de urgencia con ella si sucede cualquier imprevisto. El comandante, por supuesto, ha sido igualmente avisado de mi vuelo y dispone de un número de teléfono donde localizarme las 24 horas. 

El responsable de mi seguridad extrema las precauciones y me deja en la misma cola del check in de la compañía Láser. «En cuanto regrese usted mañana, llámeme y le envío un taxi para que vayan a recogerle», me advierte. 

Menos de 50 personas, todos aparentemente venezolanos, ocupan la amplia sala. Maracaibo y mi vuelo QL1990 a Puerto Ordaz de las 6:45 horas comprenden la operativa de primera hora.    

Mientras espero, me acuerdo de que en un rato el resto de la tripulación ha planeado reunirse en la fantástica piscina del Hilton para tomar unas cervezas y comer juntos. 

Marleni, la agente de viajes de Pedro, fue muy eficiente cuando me hizo la reserva hace unos días. Todo en orden, recibo mi tarjeta de embarque y a pesar del contenido de mi equipaje, para mi sorpresa, paso el filtro de seguridad sin mayor problema. El viejo MD83 despega puntual y desde la ventanilla derecha disfruto del río Orinoco durante parte del trayecto. 

3 MESES ANTES… EN UN AVIÓN

«¿Qué tal ha ido el vuelo? Se quedan ustedes aquí o hacen alguna conexión?» .Tras asegurar la cabina, tomamos posición a escasos minutos de aterrizar en Caracas e inicio una conversación cotidiana con el pasajero que se sitúa frente a mi transportín, con quien apenas he cruzado cuatro palabras durante el vuelo. Se trataba sólo de liberar tensión ante la situación de verse súbitamente cara a cara con un inoportuno vecino y sin embargo, ese gesto cortés acabó siendo el inicio de todo. 

Es el azar, no la prudencia, quien rige la vida escribió Cicerón.  

Pedro junto con su mujer Ana viajan de regreso tras unas semanas en España y me cuentan que se dirigen a la Guayana. ¡Cómo me gustaría ver la imagen de la cara que puse en ese instante! El sobresalto fue mayúsculo. Si hay una zona del planeta que despierta en mi fascinación esa es, sin duda, la Gran Sabana venezolana y hace muchos años que sueño con escalar el Tepuy Roraima y con poder contemplar de cerca el Salto del Ángel, la cascada más alta del mundo. La conversación posterior al inesperado anuncio es casi un monólogo sobreexcitado en el que les recito con detalle las maravillas naturales más importantes del sureste del país y su historia. La respuesta de Pedro a mi primer wassap en la mañana siguiente, justo antes de entrar en el gimnasio, no puede ser más alentador. «Me he quedado impresionado con su conocimiento geográfico de la zona donde vivo. Cuando vuelva llámeme y tendré el gusto de mostrarle esta hermosa tierra. Será usted bienvenido en mi casa». 

Siempre he reconocido que una de las mayores ventajas de la profesión de tripulante de cabina es que te brinda la posibilidad de conocer no sólo lugares nuevos sino también gente interesante y hasta oportunidades si las buscas aunque, de la misma manera, uno cuenta con suficientes años de vida y profesión a las espaldas como para saber que casi siempre las buenas intenciones de un desconocido terminan precisamente en eso, en meras intenciones que, por cualquier eventualidad, no se materializan. Lo que tenía claro es que no iba a ceder en el empeño ya que aquel señor, que me había entregado su tarjeta justo antes de desembarcar, además de causarme una buena impresión, me pareció honesto y serio. «Soy una persona conocida en la zona» me advirtió antes de despedirse. 

ENTRE EL ORINOCO Y EL CARONÍ

La hora de trayecto hasta Puerto Ordaz se me ha hecho corta. La emoción y la tensión por no saber qué me esperaba han impedido la necesaria cabezadita. Al llegar al pequeño aeropuerto Manuel Carlos Piar, me encuentro rodeado de soldados armados hasta los dientes, en mitad de una maniobra militar antimisiles promovida por el gobierno de Nicolás Maduro ante la supuesta amenaza de EEUU por intromisión en asuntos internos. Por otro lado, en la capital, la oposición ha convocado para esa misma jornada una marcha con la presencia de Guaidó y la respuesta de la Policía Nacional Bolivariana, con metralletas y lanzagranadas mediante, acabará horas después en una lluvia de gases lacrimógenos y altercados de diversa consideración. 

De todos modos, a mí lo único que me preocupa es saber si va a venir a recogerme Elías, quien comunicó conmigo la noche anterior por wassap. «Llevaré una camisa gris y pantalón negro», le escribí.  

No han servido café en el avión pero la emoción me mantiene despierto. La realidad objetiva es que me he citado con un desconocido, que dice ser el sobrino del pasajero con quien, tres meses atrás, tuve una charla. Entremedias, solamente el intercambio de unos mensajes por Navidad. Todo eso a 700 kilómetros de la seguridad de mi hotel en Caracas me resulta, cada vez que lo pienso, muy poca garantía.. Al salir al exterior, sin embargo, después de recobrar la visión tras la bofetada de un sol espléndido, un joven sale a mi encuentro. «Soy Elías, qué tal ha ido el vuelo?». Una increíble sensación de calma me invade mientras me acompaña al vehículo donde por fin me recibe Pedro con un abrazo. 

Si uno googlea el nombre completo de Pedro, se dará cuenta que lo de ser «una persona conocida en la zona» es una afirmación más que justificada. Empresario ganadero de origen español (su padre Antonio Yluminado era de Salamanca) ha contribuido durante más de 40 años al fortalecimiento y consolidación de la economía de Guayana, región al sureste del Orinoco. Recibió, por ello, el premio Hijo predilecto de Upata, ciudad ubicada en el interior del estado de Bolívar y capital más importante del municipio de Piar. Esas son sólo algunas de las informaciones que cualquiera puede consultar en internet. 

Pedro es heredero de una tradición y negocios familiares que con gran esfuerzo y trabajo logró ampliar hasta convertir sus empresas agropecuarias en las más importantes del sureste de Venezuela. Según me explicó su hijo, Virgilio, su abuelo hizo las Américas con lo justo en la primera mitad del siglo XX y con mucho ingenio y un gran espíritu emprendedor logró fraguar una fortuna en poco tiempo. Me contó que incluso aprendió quechua y aimara para poder comerciar con los indígenas de la zona. ¿La historia de un salmantino que partiendo de cero consiguió hacerse con un imperio? Todo me resulta muy familiar.      

En la actualidad, la extensión de las tierras de la familia superan las 60 mil hectáreas (superior a la superficie de la isla de Ibiza) repartidas en varias fincas con casi 40 mil cabezas de ganado. A eso hay que sumar numerosos negocios e inmuebles repartidos por todo el estado.

A los pocos minutos de subirme al coche ranchera me doy cuenta de las intenciones de Pedro. El objetivo está claro. Va a dedicarme el día por completo poniendo todos los medios a mi disposición y hacerme un tour por los mejores lugares que visitar. Su sentido de la hospitalidad se concreta en una hoja de ruta intensa, llena de sorpresas, con el propósito de agasajar a su huésped. Como hay que reponer fuerzas, la primera parada está clara. Con Guillermo, el chófer, al volante, los 4 nos dirigimos a desayunar al mejor sitio de la zona. Las mejores arepas que me he comido nunca, jugos de guayaba, mango y café configuran el delicioso desayuno que recordaré con nostalgia desde el buffet del Hilton 24 horas después. 

Pedro, Elías, Óscar (autor del relato) y Guillermo

Lo siguiente es ir a comprarme un libro de la Gran Sabana y una gorra. «No es necesario Pedro, ¡he traído mi propia gorra!» le cuento. «Seguro que no es una gorra de Venezuela» me responde. Le veo tan convencido que no voy a llevarle la contraria. Finalmente el centro comercial Orinokia de Puerto Ordaz no ha abierto todavía y en un par de tiendas tampoco encontramos el libro que buscamos. «Ya nos ocuparemos de eso más tarde», propone.

Detalle del libro, regalo de Pedro

Próxima parada, alrededores de Ciudad Guayana y la central hidroeléctrica de Macagua. No cabe duda de que el estado de Bolívar es una tierra llena de gracia. Su topografía engloba el sistema de drenaje del Orinoco cuyo afluente principal es el imponente río Caroní que excava su cauce a través de las duras rocas del escudo guayanés, formando a valles rápidos y cascadas espectaculares.

Durante el trayecto pasamos por distintos recintos convertidos hoy en clubes deportivos pero que en la época floreciente del país, allá por la década de los 60 del siglo pasado, fueron centros de convenciones y eventos donde, según Pedro, actuaron Julio Iglesias y Raphael entre otros grandes artistas. Lo cierto es que la buena sintonía entre anfitrión y acompañantes con el huésped se hace patente en el transcurso de la mañana. El dicho popular «mujer chilena, amistad peruana y justicia boliviana, la misma mierda son» en boca del patrón provocó una sonora risotada en el vehículo. 

El viaje continuó hasta el Parque Nacional la Llovizna, donde lo más cautivador es la cascada con el mismo nombre. Allí nos espera otra anécdota. Los dos guardias de la policía bolivariana que custodian la entrada nos prohíben el acceso por estar fuera del horario de visitas. Elías y yo intentamos convencerles pero al ver que nuestros intentos resultan estériles, Pedro se baja del coche y con una llamada al General, amigo personal, lo resuelve al instante. Los guardias nos suben la barrera y damos comienzo a la visita exclusiva. El salto de agua principal caída tiene unos 20 metros de altura y forma a su paso un torbellino que salpica una llovizna o bruma que se produce por la fuerza del agua. Una gozada reservada sólo para 4 visitantes. 

Dos imágenes del Parque Nacional La Llovizna

Todos podemos entender que se disfruta produciendo felicidades ajenas así que he interiorizado de manera natural que Pedro está gozando con su plan altruista y comprendo que lo mejor es relajarme y disfrutar con él y su familia. Estoy siendo invitado a todo pero reconozco que sentirme en deuda o incomodarme ante sus muestras de generosidad carece de sentido. 

Es hora de almorzar y nos trasladamos a la casa de Carolyn, la hija del anfitrión. ¿Por qué cambiar de planes yendo a un restaurante si viene un desconocido de visita? Nada de eso, como reza el refrán: donde comen 2, comen 3. Allí me siento uno más de la familia, tengo el gusto de conocer a su yerno y a la nieta, además de degustar una riquísima comida criolla con carne a la parrilla y arroz. Un privilegio que me llena el estómago y el corazón. Hay detalles que significan mucho. 

Por la tarde nos dirigimos a una estación de servicio, propiedad de Pedro, donde paso a entregarle unos obsequios que le he traído de Madrid. Unos platillos decorativos de distintas regiones de España que ampliarán su colección y una botella de vino tinto Ribera del Duero. Por su parte, él me regala una gran piedra de cuarzo y una escultura de caliza del monte Roraima.

Platillos decorativos de las regiones de España

Todo va sobre ruedas hasta que al rato, recibimos un mensaje que echó por tierra el que estaba destinado a ser el momento culminante de la jornada.  El piloto de la Cessna 206 de la empresa que hace la excursión al Auyán-Tepuy nos comunica que hay que cancelar el vuelo que teníamos reservado desde Canaima para sobrevolar la catarata Salto del Ángel.

La meteorología adversa impide que pueda hacer realidad mi ansiado sueño. El cansancio que empieza a hacer mella, la modorra después de la comida y sobre todo la mala noticia me derrumban física y anímicamente por unos minutos hasta que reflexiono un instante y me digo: «Tío, llevas un día espectacular. No sería justo decir que has tenido mala suerte». Pedro y Elías me consuelan asegurándome que visitaré la catarata muy pronto y que ellos se encargarán de todos los trámites. 

EN LA HACIENDA

Nos encaminamos, por fin, a la hacienda familiar a una hora en coche de Ciudad Guayana. A eso hay que sumar otra hora aproximadamente que se tarda en recorrer la distancia que va desde la entrada de la finca hasta el grupo de edificaciones que configuran la vivienda principal. Tal es la extensión de los dominios. Las superficies de pasto repletas de ganado, cientos de árboles y multitud de charcas configuran la inmensidad del paisaje. La tierra es muy fértil y rica en minerales donde destacan la bauxita, el oro, los diamantes y el manganeso, aunque se sospecha de importantes reservas de uranio, petróleo y gas natural, según Pedro.

En el camino, mientras observamos vacas, caballos, capibaras (chigüires en Venezuela) y un oso hormiguero malherido en un atropello, la conversación deriva al ámbito de intimidad familiar y Pedro me sorprende con una confidencia que me hiela la sangre. Años atrás fue secuestrado por un grupo de delincuentes colombianos que lo retuvieron durante varios días en un zulo hasta que lo liberaron sin cobrar rescate alguno. Más tarde, Virgilio me contaría una desgracia familiar aún mayor. Definitivamente, las disputas de diversa índole en la gestión de los latifundios de esta zona de Venezuela me recuerdan mucho a las historias violentas de los cuatreros del salvaje oeste americano. 

Capibaras en la finca

Al llegar a la casa, conozco a Virgilio. Él y su madre nos esperan para tomar cerveza fría en la terraza frente a la piscina, al lado de la cual hay una pequeña capilla. La casa es tan espectacular como el entorno y tanto el diseño como la decoración rústica de los interiores parecen diseñados por profesionales.     

Pasamos un rato muy agradable hablando de asuntos de política, viajes, familia y durante la charla el hijo de Pedro explica que estudió ADE y un máster en Madrid y que en ese tiempo vivía, curiosamente, muy cerca de mi barrio. 

Exterior de la Hacienda

A continuación, trasladamos la conversación a la gran cocina donde se sitúa una imponente mesa con sillas de madera noble talladas donde Elainer, oriunda de la vecina Guyana, nos tiene preparada una cena abundante y deliciosa a base de carne de venado y ensalada de vegetales. Comento con ella que el año pasado visité su país para ver las cataratas Kaieteur y me dedica una sonrisa emocionada. Ella hace años que no va por allí. En unas horas se levantará para prepararnos el café antes del regreso a Puerto Ordaz. Todo el personal que me ha atendido se ha dirigido a mi como señor Óscar y casi tengo la sensación de haberme trasladado a otra época. 

Acabada la cena Virgilio, Elías y yo nos dirigimos al edificio donde se encuentran las habitaciones además de otras dependencias. La sobriedad y el lujo se conjugan en el despacho donde destaca un gran cuadro del patriarca Antonio Yluminado además de  varias fotografías familiares. Entre ellas, las que que tienen más valor sentimental son las de Pedro recibiendo premios y reconocimientos por su labor como empresario.

Ojeando álbumes, Virgilio, visiblemente emocionado, me revela que en la capilla se encuentran los restos de su hermano menor, Lupi, que fue asesinado en un asalto a la casa hace años por un grupo de delincuentes entre los cuales había algún empleado compinchado.

Acto seguido entramos a su habitación y me pregunta si me gustan las armas. Mi indiferencia no le disuade de mostrarme su arsenal formado por varios rifles, una pistola y abundante munición. Me explica que para gobernar una hacienda con más de 100 empleados, semejante volumen de actividad y con tantos problemas y amenazas alrededor, a veces se hace necesario dirigir con mano dura. 

De vuelta a la terraza, me reúno de nuevo con Ana y Pedro que me ofrecen varios obsequios más como un pedacito de oro extraído de la finca, un libro con ilustraciones de la Gran Sabana y dulces de leche hechos en la cooperativa familiar.

Ana, Óscar, Pedro, Virgilio y Elías

Conscientes de la partida y de no saber cuándo vamos a volver a vernos, nos despedimos afectuosamente, les doy las gracias confesándoles que me va a llevar un tiempo largo asimilar lo vivido y que va a ser un recuerdo emocionado que jamás olvidaré.

El semblante de Pedro delata complicidad en los sentimientos. Para ambos ha sido un día muy especial.

Elainer prepara el café antes de la partida

Elainer me prepara una de las habitaciones de invitados y tras una ducha larga me meto en la cama agotado y rebosante de felicidad.

A las 4 de la mañana suena la alarma, me reúno con Virgilio en la cocina y tras dos buenas tazas de café de puchero nos dirigimos rumbo al aeropuerto de Puerto Ordaz poniendo fin a la aventura. 

A día de hoy seguimos en contacto fluido y esperando volver a vernos pronto.

 En la cima

thumb image

UN NOVATO FRENTE AL COLOSO 


Nunca es tarde para plantearse retos, dicen, y precisamente la consumación de uno de ellos es lo que vengo a contar aquí.

Mi afición por la montaña es reciente pero, tras lo vivido en un pico de los Andes el pasado 14 de febrero de 2019, día de los enamorados, auguro que el romance tendrá continuidad. 

Con Maite y Dora

Esta historia empieza el pasado 16 de enero de 2019 cuando, tras ser publicada la programación, confirmo que me han asignado el vuelo a Quito que había solicitado. Trabajo como tripulante de cabina en una aerolínea que hace vuelos, entre otros destinos, a Ecuador y estoy de enhorabuena porque la tarea me lleva 4  días (del lunes 11 al viernes 15 de febrero) al país andino.

Sin tiempo que perder, me planteo hacer realidad un sueño: subir los 5.897 metros del Cuello de luna, (término quechua con el que se conoce al Cotopaxi), a pesar de contar con tan poco tiempo de margen. 

Llamo a mi amigo y referente montañero Sergio Tierno, autor del prólogo de este libro quien ya había coronado el volcán y contacto con la misma agencia con la que él hizo cumbre hace unos 4 años, (https://tierra-zero-tours.business.site) “Es importante hacer una buena aclimatación para evitar el mal de altura”, me recuerda. 

El mal de altura, soroche o apunamiento, por si hay algún profano en la materia leyendo este relato, es el malestar físico que se siente en lugares a gran altura debido a la disminución de presión y falta de oxígeno y caracterizado por debilidad, dolor de cabeza y náuseas.

En cuanto a la aclimatación, las agencias que organizan la ascensión a la cumbre, además de Tierra Zero tours, recomiendan pasar un mínimo de 3 días antes en Quito (2.850 m) y casi todas incluyen en el pack la ascensión a otros  volcanes de la zona (Pasochoa, 4.200; Corazón, 4.788; Illiniza norte, 5.126, entre otros).  

Teniendo en cuenta que el programa de la excursión dura 2 días, debo reducir mi aclimatación a 48 horas y, por lo tanto, mi única opción es hacer la reserva el día 13 para volver el 14 a Quito y poder regresar a Madrid el 15. Por supuesto, no dejo pasar la oportunidad y formalizo la reserva. 

Con Segundo
¿Una temeridad? Quizá, aunque en mi defensa tengo que decir que por entonces ya había hecho cumbre en el Rucu Pichincha, otro volcán en Ecuador de 4.700m, el pasado 2 de diciembre con sólo 2 días de aclimatación y con resultado positivo. A posteriori reconoceré que no son retos comparables, ni por asomo. La diferencia no son tanto los metros sino las condiciones de media montaña frente a las de alta montaña, nada que ver. 

El día señalado

Parto el día 13 de Quito rumbo a Latacunga, pueblo más cercano al Parque Nacional del Cotopaxi, con otras dos compañeras azafatas, Maite y Dora, que dejándose arrastrar por mi entusiasmo sin saber muy bien dónde se metían se unen en última instancia a la expedición. Juntos llegamos a las oficinas de Tierra Zero a la hora acordada, 11:30h, para probarnos el material y es ahí cuando nos percatamos de la envergadura del asunto. Estando Guillermo, el dueño, mostrándonos el material llegan a la oficina un grupo de 3 experimentados montañeros alemanes que hicieron cima la noche anterior y nos cuentan que tuvieron que enfrentarse a una tormenta de nieve con rachas de viento fuerte. Recuerdo perfectamente que mientras  nos contaban los detalles podía ver en sus rostros el gesto abatido por el esfuerzo. Estaban extenuados. Nosotros, mientras tanto, nos estábamos probando los crampones por primera vez en la vida.

Mucho se ha escrito acerca del segundo pico más alto de Ecuador y casi siempre se utilizan adjetivos hinchados para describirlo como mágico, majestuoso, sagrado, extraordinario etc… “Tiene la forma más bella y regular de todos los picos colosales de los altos Andes”  exclamó el famoso geógrafo, naturalista y explorador prusiano  Alexander von Humboldt en 1802. Por muy altas que sean las expectativas que uno tenga en relación a lo que se haya podido documentar, no decepciona. El Cotopaxi asombra a todo el que lo contempla de cerca. No sólo es el segundo pico más alto de Ecuador, es también el segundo volcán activo más alto del mundo y sus casi 6 mil metros de altura están coronados por una cresta de 700 metros de densa y dura nieve perpetua. Un icono de los andes reconocido por cualquier escalador que se precie.

Tras reunirnos con los guías, Francisco y Segundo, en el refugio José Rivas (4864m.) después de salvar un ascenso de unos 400 metros desde el parqueadero cargando con el material en las mochilas confirmamos lo que ya intuíamos: para subir a partir de ahí no sólo se precisa equipo de escalada en nieve, sino también de valor y experiencia. 

Son las 17:00h y el planning a partir de ahí es sencillo: cena contundente a base de proteínas y carbohidratos, descanso de unas 4 horas en las camas habilitadas en la planta alta del refugio y levantarse para empezar a preparar el material para salir alrededor de las 24:00h.

El cráter del Cotopaxi

Primeros contratiempos

Maite empieza a notar los efectos del mal de altura en su cuerpo al poco de cenar. El dolor de cabeza y vómitos le convencen de que no es seguro y decide ni intentarlo. Dora se une a la decisión de su compañera temiendo sobre todo las consecuencias del día después y el hecho de tener que hacer el vuelo de regreso a España trabajando. No ha empezado la ascensión y ya hay dos bajas. La tasa de abandono en el ascenso a la cumbre, nos cuentan los guías, ronda el 50%.

Yo estoy preocupado sobre todo porque las botas que me probé en la oficina me están ocasionando molestias después del paseo hasta el refugio. Francisco se ofrece a dejarme las suyas pero el pie izquierdo es demasiado pequeño. Finalmente un montañero americano que probará a subir también esa noche me deja unas plantillas y soluciono parcialmente el problema. 

Como era de esperar no he dormido nada, la excitación y el bufido del viento en el exterior no han ayudado a aplacar los nervios.

Cuando se encienden las luces anunciando el momento, los 11 montañeros restantes (9 hombres y 2 mujeres) de nacionalidades alemana, canadiense, suiza, americana, ecuatoriana y española nos levantamos y nos vestimos en silencio. Ropa goretex y de abrigo para superar temperaturas de -20 grados, piolets, crampones, polainas, arnés de escalada, gafas de ventisca, y casco de montaña con linterna forman parte del material que llevamos. Nunca me había visto ataviado con semejante despliegue. Las caras son serias y de concentración ante lo que se avecina. Segundo será el guía encargado de mostrarme el camino hacia la cima y ayudarme en todo lo que necesite. La comunicación con él resultará esencial en las próximas horas para que la aventura sea, sobre todo, segura.

Empieza la aventura

Estamos en la cara norte del volcán y los primeros 400 metros de ascensión se hacen hacia el lado derecho y sin nieve. La inclinación es dura y hay alguna zona con tierra blanda que dificulta la pisada pero estamos bien de fuerzas y aprovecho esta etapa para prestar mucha atención a mis pulmones. Si éstos responden más allá de los 5 mil será buena señal.

Momento de relax

Llegamos a la cota de nieve, alrededor de los 5200 y empiezo a notar incómodos roces en los pies. Nunca antes había calzado botas de montaña de caña alta y debido a la inclinación empiezo a sentir molestias en el talón y en la parte superior del empeine. Hago una parada para aflojar los cordones y lograr algo de comodidad. Hasta entonces sólo he parado un par de veces para comer medio plátano y beber un poco de agua. 

Crisis

Poco después, Segundo decide que es el momento de calzarse los crampones antes de seguir la marcha y ahí se suma otro pequeño inconveniente. La falta de experiencia con ellos hace que, de vez en cuando, me trastabille con los hierros de ambas botas en los tramos más estrechos. Por otro lado, a las molestias del talón se suman roces en el puente y empiezo a pensar que, ante la odisea que queda por delante, los roces tarde o temprano se convertirán en ampollas y más tarde en heridas y entonces será demasiado tarde. Tengo que contar, además, con las 2-3 horas de bajada así que empiezo a dudar seriamente de si voy a poder conseguirlo. Lo comento con Segundo y me dice que lo que yo decida será lo que hagamos. En ese momento, me digo a mi mismo que no voy a rendirme por un poco de dolor en los pies. Al fin y al cabo los pulmones están funcionando y las molestias por un calzado no apropiado son algo que he vivido antes y que puedo ir solventando sobre la marcha. Le comento a Segundo que hay que intentar bajar el ritmo de subida para ir acomodando mi pisada, moviendo el pie dentro de la bota y dosificando la presión en las zonas donde duele. Jamás volveré a plantearme una ascensión en alta montaña con unas botas que no sean las mías.

Supero la primera crisis repitiéndome a mi mismo que estoy teniendo suerte. El tiempo durante la noche está siendo objetivamente bueno y no tengo problemas con los pulmones así que me aferro a eso para seguir caminando. Llevamos unas 3 horas subiendo en zig zag casi con la misma inclinación que puedan tener unas escaleras de edificio cualquiera (entre 25 y 40 grados) y el cansancio empieza a hacer mella. Hasta ese momento sólo habré apartado la mirada de los pies de mi guía 2 o 3 veces, sin contar las paradas. La noche es cerrada, hay muchas estrellas y he podido ver las luces de Quito a lo lejos pero debo seguir focalizando mis energías en el único objetivo.

A partir del 5.600 surgen nuevos problemas. El viento se vuelve más intenso cuando tenemos que sortear una arista a la derecha y Segundo une nuestros arneses con una cuerda de seguridad a la vez que me da instrucciones para utilizar correctamente el piolet. Hay que superar un paso más complicado por una zona muy estrecha y con grietas y, a eso, hay que sumarle la corriente de aire y el cansancio. Puedo oler ya las primeras bocanadas de azufre. La concentración es máxima. Una vez superada la zona, alivio y vuelta a empezar.  Aún permaneceremos unidos por la cuerda de seguridad hasta casi la vuelta al refugio. Qué pena no poder tirar fotos cada vez que veo las increíbles obras de arte creadas por el hielo en forma de cuevas o grietas imposibles! No hay energía que perder ni  hueco donde hacer una parada cómoda para explayarse en semejantes veleidades.

Un poco de aliento

El viento remite un poco más arriba pero mis pulmones, aunque estables, empiezan a estar al límite. Llevamos más de 4 horas de escalada y el agotamiento empieza a notarse de manera muy intensa. Estábamos a unos 5.700 m cuando la pendiente nos dio una ligera tregua y bajó la inclinación. Fue entonces y a pesar de que Segundo me había avisado de la dificultad de los últimos 100 metros cuando supe que, a menos que tuviera un contratiempo, el cuerpo y los pulmones me responderían hasta el final.

Con una velocidad de crucero de aproximadamente 3 pasos cada 10 segundos, alrededor de una parada cada 2 minutos y buscando a cada paso un hálito de aire que llevarme a los pulmones, salvamos el último tramo y llegamos, por fin, a la cima a las 5:54 de la mañana del día 14 de febrero. 

Éxtasis

Lo que nos esperaba allí arriba era pura magia. Como dos amantes que avanzan con suave complicidad buscando darse el máximo placer, sin prisas y explorando el momento ideal, se produjo el éxtasis. Justo en ese momento, nada más poner los dos pies en la cumbre, contemplamos  el amanecer de un nuevo día. Los primeros destellos del sol sobre un cielo despejado nos dejaron ver con perfecta claridad el espectáculo que se abría ante nuestros ojos. No pude reprimir las lágrimas. Una especie de ataque de llanto de alegría completamente espontáneo que duró varios minutos y cuya intensidad no recuerdo haber tenido nunca. Jamás había experimentado algo semejante. 

Todo lo que vino después está en una categoría emocional completamente secundaria. La bajada, de todos modos, fue también gozosa con el volcán mostrándose soberbio y haciendo gala de una belleza altiva. Un espectáculo de nieve sin igual.

Horas más tarde, las felicitaciones se suceden apresuradas y entre amplias sonrisas en el refugio justo antes del nutritivo desayuno. La climatología ha sido favorable y finalmente 9 de los 13 montañeros que llegaron al José Rivas logramos nuestro ansiado objetivo. Para todos, sin duda, ha resultado una experiencia única e irrepetible y nos sentimos realmente afortunados por ello. 

No sé si volveré a embarcarme en una aventura como esta en un futuro, el tiempo lo dirá, pero siento que hay algo en mi que ha cambiado desde entonces. A partir de ahora el Cotopaxi se ha convertido en un lugar sagrado para mi. Un lugar que forma parte de mi corazón, de mi manera de sentir y de entender las cosas. Un lugar cuyo recuerdo me acompañará hasta el final de mis días. 

 En el puente de hierro de Carmelo

thumb image

Empiezo el relato recordando que Carmelo era también un antiguo compañero de clase no muy buen estudiante, por cierto, de mi etapa de EGB. Si el nombre, Carmelo Juan, no era por entonces muy común entre los niños de la época menos todavía lo eran sus apellidos, Pie de Hierro y Cantalapiedra. Semejante penitencia fue la carnaza perfecta para que sus crueles compañeros de clase nos pegáramos un festín durante años. Pobrecito. Bien pues, como ocurre a veces en una pirueta del destino, el azar dispone que unos de los principales reclamos de este pueblo uruguayo con el mismo nombre es, precisamente, un puente de hierro.

En Carmelo

Pero bueno, al lío. Al publicarse la Programación supe que iba a pasar dos días en Uruguay y me llevo una alegría al comprobar que Marisa, una amiga con quien empecé mi andadura por los aires, forma parte también de esa tripulación. Ocasiones así se dan con poca frecuencia en un aerolínea con casi dos mil tripulantes así que ambos decidimos desde el principio pasar el destacamento juntos.

En Uruguay, febrero todavía es temporada alta y las playas de la zona oriental tienen mucho tirón pero yo estoy tan persuadido con Carmelo que Marisa pronto desiste en visitar Punta del Este, a pesar la recomendación de una amiga. Lo cierto es que yo ya he visitado anteriormente tanto la ciudad del departamento de Maldonado como Cabo Polonio y en ningún caso repito destino cuando me quedan todavía otros por conocer.

El día llega y tras un largo vuelo a Montevideo sin contratiempos y un posterior intento frustrado de siesta en el hotel, nos reunimos sobre las 13:30h en el lobby del Sheraton para coger un Uber.

Nuestros rostros reflejan cansancio pero el poder de la excitación ante una aventura que se avecina es siempre superior y el trayecto a la estación Tres Cruces se hace muy ameno, sobre todo por la charla con el taxista. No es un tópico, no pierdan la oportunidad de departir con un uruguayo, además de simpáticos, tienen siempre ganas de conversar y suelen estar muy bien informados de lo que pasa fuera de su pequeño país.

En el viaje

Ya en la estación nos dirigimos a la ventanilla de Intertur para retirar los billetes y al poco partimos rumbo a nuestro destino. Durante las más de tres horas de trayecto, damos buena cuenta de los sandwiches de paté y varios snacks mientras charlamos animosamente.

Para ocupar el tiempo, el bus cuenta también con wifi. Carmelo, a unos 215 kilómetros al oeste de Montevideo, se sitúa en la zona occidental del departamento de Colonia, junto al río de la Plata. Con menos de 20.000 habitantes y ordenada en espacios amplios y poco concurridos es fácil verse atrapado por su atmósfera tranquila, casi perezosa. Una delicia para quienes buscan hacer una visita sin prisas. Sus fantásticas bodegas han consolidado con el tiempo una ruta del vino, muy apreciada hoy internacionalmente y, sin embargo, esa circunstancia no ha transformado el ambiente relajado de la ciudad. Carmelo es justo lo que veníamos buscando. Al llegar al hotel advertimos que la labor de documentación previa ha dado sus frutos. Este se encuentra en mitad de la vía principal que une el centro con la playa y además tiene bicicletas gratuitas a disposición de los clientes.

Fachada del hotel Timabe

Los residentes deambulan frente a la coqueta fachada rosa de estilo colonial del Timabe y nos convencemos de que el mejor plan es quedarse allí mismo, siendo testigos de la apacible actividad desde una de las mesas exteriores. Entre jarra y jarra de cerveza la entretenida conversación deriva a confesiones de diversa índole y, a pesar de la comida anodina, disfrutamos de una velada muy agradable.

A pesar del cansancio, antes de retirarme a la habitación un impulso me lleva a tomar una bici hasta la playa en un evocador paseo que recordaré memorable con la brisa espabilando mi suave embriaguez, instantes antes de teletransportarme al sueño profundo.

Al día siguiente amanece soleado y tras el desayuno tipo buffet iniciamos la visita dirigiéndonos al cercano puente giratorio. Aunque ensamblado en Uruguay, fue construido en Alemania en 1912 y es el pionero de Sudamérica con mecanismo de giro a tracción humana.

El entorno ajardinado del arroyo de las Vacas junto al rojo intenso del hierro configuran uno de los parajes más atractivos y visitados de Carmelo. De ahí regresamos al centro para recorrer las calles principales y la Plaza de la Independencia, parando de vez en cuando a tomar alguna foto.

La ciudad fue fundada por el sempiterno José Gervasio Artigas y su estatua preside el centro de la plaza que lleva su nombre. Por momentos, es inevitable sentirse forastero ante las miradas curiosas, sobre todo cuando Marisa y yo entablamos conversación.

La realidad es que la inmensa mayoría de los extranjeros que aterrizan aquí son argentinos, vía ferry desde Tigre (Buenos Aires), y es normal que el acento español resulte chocante.

El calor empieza a hacerse cada vez más intenso y resolvemos que la mejor idea es ir a refrescarnos y tumbarnos en una sombra a Playa Seré. Es otro de los imprescindibles de Carmelo y el lugar parece concebido para combatir el estrés.

Arenas blancas con árboles que casi se meten en las calmas aguas se convierten en el perfecto sitio de nuestro recreo. Unas horas de relax antes de poner fin a nuestra escapada, no sin antes parar a probar el famoso chivito uruguayo en el lugar más recomendado de la ciudad, un pintoresco puesto de comida ambulante.

Mientras deglutimos el contundente y apetitoso sandwich a base de milanesa asada, huevo, jamón y ensalada surge una charla con el señor que nos atiende, quien había vivido en España. A la conversación se une, curioso, un cliente y compartimos unas risas justo antes de partir a la estación.

La tarta

Durante el recorrido en el bus, Marisa se compromete a hacerle una tarta personalizada a Pol, por su cuarto cumpleaños, con un resultado que recordará en el futuro henchido de felicidad. Llegamos sobre la hora prevista al hotel con tiempo de sobra para descansar y recuperarnos para el vuelo del día siguiente.

¡Qué bien ha salido todo y cuánto ha merecido la pena!