Dos Irmaos

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Fernando de Noronha. Un cumpleaños inolvidable en el paraíso

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No hay mayor gozo para un tripulante de cabina que poder regalarle a su familia la posibilidad de viajar. La historia que viene a continuación narra, precisamente, uno de esos caprichos que le hacen sentir a uno que tiene un súper trabajo.

A mediados de marzo del 2018 me alegro al ver que en abril tengo programado, sin haberlo solicitado, mi primer vuelo a Recife de dos días y la carambola se completa con otra inesperada casualidad. Zulema, mi chica, cumple años justo en esas fechas y, al coincidir con la festividad de Semana Santa, puede venirse conmigo. Definitivamente, la vida puede ser maravillosa.

Al rastrear el mayor atractivo en esa zona de Brasil, emerge por unanimidad un lugar: Fernando de Noronha. El espectacular archipiélago de origen volcánico no es sólo el destino más exclusivo del país, lo es seguramente también del continente y, aunque caro, es un regalazo del que no nos vamos a privar. Al fin y al cabo nos hemos ahorrado un dineral en billetes de avión. Sólo de Recife a la isla se pagan entre 300 y 400 euros por trayecto.

Olinda

Llega el día y después de unas 7 horas de vuelo, aterrizamos casi anocheciendo en el aeropuerto internacional de Guararapes. Cansados, yo más que Zulema porque ella ha viajado cómodamente en clase business, nos retiramos al hotel para comer algo y dormir.

Como los vuelos a Noronha salen a medio día, tras un rico desayuno tipo buffet, dedicamos la mañana a conocer Olinda, a unos 10 kilómetros al norte de Recife. La ciudad, fundada en 1535, fue la más próspera del Brasil Colonial durante el siglo XVI y parte del XVII y durante esa época se la llamaba la «pequeña Lisboa”.

Nos dirigimos en Uber a su casco antiguo, declarado en 1982 Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad, y paramos en la Catedral de la Sé, situada en lo alto de una colina con unas vistas espléndidas. Pronto nos damos cuenta de que hemos acertado ya que el sol asoma castigador y el paseo cuesta abajo resulta mucho más llevadero. Olinda todavía conserva el esplendor del pasado. Las calles empedradas, las plazas y sobre todo los vivos colores de las edificaciones coloniales confieren a la ciudad un aire coqueto y lleno de historia.

Antes de que el calor se nos eche encima, ponemos fin al agradable paseo y partimos rumbo al aeropuerto, ligeros de equipaje, pero con ilusión y ganas a raudales.

Un capricho de la naturaleza

Llegamos a la terminal con tiempo suficiente para sacar las tarjetas de embarque y comer en un italiano y, mientras damos buena cuenta de la pizza y la lasaña, recordamos la simpática charla con el joven taxista que nos acaba de traer. Españoles y portugueses pueden entenderse hablando su propia lengua materna y siempre he pensado que es un error utilizar, por defecto, el inglés como intermediario. Si acaso, esporádicamente para salir de un atolladero.

Tras el embarque, cual luna de miel, la hora y cuarto de vuelo transcurre entre sonrisas y miradas cómplices. Fernando de Noronha está a unos 550 kilómetros de Recife océano adentro y por el medio cruza la línea imaginaria que separa la franja horaria con una hora de diferencia entre ambas. Así, en la predicción meteorológica del estado de Pernambuco supongo que dirán eso de “uma hora mais em Noronha”. Como nosotros con Canarias, pero al revés.

Justo antes de aterrizar, se eleva el murmullo de algunos pasajeros que señalan al lado derecho del avión. Estamos sobrevolando la espectacular Praia do Sancho, una de las razones por las que hemos venido hasta aquí.

Al bajar del avión, al mismo tiempo que respiras el aire marino húmedo y salado, te das de bruces con la realidad de este peculiar lugar. En este paraíso del buceo formado por 21 islotes que ocupan un total de 26 kilómetros cuadrados (más pequeño que el aeropuerto de Barajas), las cosas funcionan como en un país aparte.

Los expertos en medio ambiente lo señalan como el espacio natural de fauna marina y vegetación más sostenible de todo Brasil y uno de los más destacados a nivel mundial. Al ser una reserva natural, sólo la isla principal (17 km2) está habitada por unos 3.000 residentes y el acceso de turistas es muy restringido. La conservación, gestionada por el IBAMA (Instituto Brasileño del Medio Ambiente) administra rigurosamente el ecosistema y se financia con la tasa de preservación ambiental que pagamos cada uno de los visitantes al llegar. El precio ronda los 75 reais (12 euros) por persona y día. Y esa no es la única tasa. También habrá que pagar la entrada al Parque Nacional Marinho (35 euros por persona) que comprende parte importante de la isla y que incluye algunas de las mejores playas, como las de Sancho y Leão. De entrada, puede parecerle caro al turista, sobre todo al que aterriza sin estar informado, aunque esa percepción se verá recompensada de inmediato y al regreso nadie se cuestionará si valió o no la pena.

Tenemos sólo 24 horas allí y para optimizar el tiempo al máximo, previamente Zulema ha reservado el alojamiento en Vila de los Remedios, el único núcleo urbano de la isla. Éste no es un lugar que destaque especialmente por contar con grandes instalaciones e infraestructuras turísticas. Todo lo contrario. La mayoría de los alojamientos disponibles son posadas de carácter familiar, lo que también le otorga su particular encanto. Nuestra anfitriona en la posada Vila Mar ha dejado la llave escondida, como acordamos, aunque pronto aparece, encantadora, a recibirnos.

El apartamento, sin ser lujoso, es coqueto y cuenta con baño privado y aire acondicionado. Cae la noche, compramos víveres para el día siguiente en una rústica tienda de comestibles cercana y, haciendo caso a las recomendaciones de la casera, nos dirigimos a tomar un cocktail al conocido Bar do Cachorro que tiene una gran terraza con espectaculares vistas y música en directo. El día ha sido muy intenso y ya con apetito, le ponemos el broche de oro a la efeméride con una cena romántica. El homenaje gastronómico, lo protagoniza una riquísima moqueca de pescado y camarón en uno de los mejores restaurantes de la isla. Antes de retirarnos, un paseo tranquilo por el pueblo visitando la iglesia de los Remedios y unas fotos en el cartel luminoso de Noronha. Dicen que después de los grandes momentos, quedan inolvidables recuerdos. Feliz cumpleaños!

Despierto todavía en la oscuridad para ver el amanecer y reparo en que alguien ha sido más madrugador. Nos han preparado un desayuno en el porche a base de fruta, tostadas con mantequilla, mermelada y café y mientras me desperezo aprovecho para dejar resuelto el tema del transporte. He seleccionado tres enclaves que están entre los imprescindibles de la isla y es importante elegir el medio más eficiente para sacarle partido al poco tiempo que tenemos. La orografía de la isla, con cerros y acantilados que se combinan con caminos precarios, no la hace fácil de recorrer.

La bicicleta es inviable y apenas hay transporte público con lo que las opciones son, alquilar un buggy o combinar taxi con un microbús local que pasa cada 30 minutos por algunas paradas mal señalizadas. Al final, tras comprobar que ese bus cubre el trayecto entre dos puntos de nuestro itinerario, optamos por salir con un taxi a primera hora para llegar cuanto antes a nuestro primer destino.

Do Leão es una de las playas más largas, bonitas y aisladas de la isla. Es una maravilla disfrutar del paraíso sin masificaciones. De hecho, estamos completamente solos hasta que unos minutos antes de irnos, llegan tres personas más. El paraje es, además, un santuario de desove de tortugas (de diciembre a junio). Después de un evocador paseo y unas fotos, partimos sin demora a la parada del bus que nos llevará a la entrada al Parque Nacional Marinho para visitar la famosa Praia do Sancho. Para muchos, la estrella del lugar.

Nuestra “mejor playa del mundo”

Estar allí es un privilegio. Es el sitio perfecto para sentirse dentro de las páginas de ilustración de una revista de viajes o, mejor, de los libros de aventuras de Julio Verne. Salvaje, protegida por un acantilado de 50 metros y rodeada de fauna y vegetación, suele figurar en todos los rankings de las playas más bonitas del mundo, siendo la número 1 para Tripadvisor en 2020.

Cuando llegamos, contemplamos con asombro su belleza desde lo alto. Pasados unos segundos nos percatamos de algo que se mueve en el verde esmeralda, cerca de la orilla. No hay lugar a dudas, es la silueta más icónica y temida del océano: el tiburón. Entre 6 y 8 ejemplares de tiburón tintorera de unos dos metros merodean inquietos buscando alimento a pocos metros de la arena.

Para entonces, boquiabiertos, decidimos que el chapuzón se va a reducir a mojar los pies lo más alejados de la orilla posible, pero antes hay que descender por un acceso que no es apto para pusilánimes. Me adelanto y empiezo a bajar los 15 metros de escalera totalmente vertical, muy estrecha, metida en la roca y dividida en varios tramos.

A mí me gusta trepar y lo encuentro divertido hasta que, unos pocos peldaños antes de alcanzar la superficie veo que hay unos cuatro cangrejos del tamaño de un zapato que, lejos de asustarse por mi presencia, esperan desafiantes abriendo y cerrando las pinzas como si tocaran las castañuelas. Supongo que es el precio que hay que pagar por ser el primer intruso en bajar a la playa ese día. Al final, después de una pausa larga para pensar una maniobra segura, bajo a toda prisa y salto en el último tramo.

Mi preocupación ahora es despejarle el camino a Zulema, que ha iniciado el descenso y se acerca a la zona conflictiva así que procedo a coger el palo más grande que veo y, todavía exaltado, me abalanzo a garrotazos sobre los fieros crustáceos deshaciéndome de los dos más grandes. Sé que estamos en una reserva natural, que hay que preservar todas las especies y todo eso pero, en ese instante, más que pena o remordimiento lo que siento es alivio y satisfacción por haber resuelto un problema. La ley de la selva.

Abajo, ya fuera de peligro, podemos disfrutar relajados y completamente solos, tomando fotos, paseando y presenciando el derroche de belleza de la playa en su estado más indómito y puro. A un lado, el acantilado emerge exuberante de vegetación y al otro, los tiburones se acercan tanto a la orilla que podemos verlos aleteando muy cerca de nosotros.

Más tarde, coincidiremos en que jamás habíamos experimentado una sensación tan intensa, mezcla de fragilidad y fascinación ante la belleza de una playa.

La siguiente y última parada antes de regresar al aeropuerto, se encuentra a sólo unos 10 minutos andando hacia la derecha y es uno de los enclaves más fotografiados de Fernando de Noronha. Probablemente, su postal más reconocida: el mirador de Dos Irmaos. Allí nos encaminamos, compartiendo el sombrero como parapeto contra el sol, deteniéndonos a cada rato y retrocediendo la vista para contemplar, todavía emocionados, la playa en la distancia. Como si no quisiéramos despegarnos aún de ella.

Al llegar, coincidimos con un grupo de brasileños que nos muestran un lugar todavía mejor que el habilitado para retratarnos con los dos islotes gemelos y tras la pertinente instantánea, ponemos fin a una mañana llena de emociones. No será la última…

Tensión con final feliz

Ya de regreso en el aeropuerto y con tiempo suficiente para el vuelo de vuelta, nos dirigimos a la cafetería para tomar algo. Pasan los minutos y la pequeña terminal empieza a llenarse de gente. Se nos antoja que quizá demasiada, teniendo en cuenta que sólo hay dos salidas a Recife y una a Natal en las próximas horas. Nosotros viajamos con billetes tipo zed (sujetos a espacio) de la aerolínea regional Azul y aunque el día antes había plazas libres de sobra, nos indican en el check-in que se ha producido un aumento de pasajeros por la cancelación de un vuelo anterior.

No es demasiado habitual, aunque los que trabajamos en aviación sabemos que son circunstancias que se dan de vez en cuando. El inconveniente es que tenemos que regresar a Madrid esa misma noche y las únicas opciones de llegar a Recife son los vuelos de Azul y Gol, que salen con 45 minutos de diferencia. Si finalmente esos dos vuelos se llenasen de pasajeros, la única solución para salvar una situación crítica en mi trabajo sería solicitando viajar en un transportín de tripulación, con mi licencia y la autorización del comandante, pero me informan que tampoco eso es viable.

Houston, we have a problem!

Al final, gracias sobre todo a la serenidad y decisión de Zulema resolvemos que hay que intentar comprar los pasajes con Gol, cueste lo que cuesten y, para nuestra sorpresa, quedan sólo dos disponibles. Conscientes de la situación, pagamos y respiramos tranquilos. En un último giro inesperado, dos pasajeros del vuelo de Azul no se presentan y, como ese avión despega primero, lo cogemos para llegar cuanto antes a Recife. Los billetes de Gol no admiten reembolso, pero nunca un dinero había estado mejor invertido. Ya en el aire, nos reímos recordando el episodio.

Cada vez lo tengo más claro, sea o no su cumpleaños, con esta mujer me voy al fin del mundo.


 

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Tengo una teoría que se está afianzando desde que soy padre y que tiene que ver con que los viajeros y los niños tienen muchos puntos en común. Nos aferramos, como ellos, a una existencia lúdica, a la impulsiva necesidad de estímulos, a ocupar el tiempo cultivando caprichos sin fin… a vivir jugando, en definitiva. Una manifestación clara de todo esto se me ha revelado al preparar el relato. Al revisar la documentación y las fotos he recordado que tenía una cierta inclinación por Bolivia hace tres años de la misma manera que ahora estoy fascinado con Ecuador. Así, como un niño que cambia de color, de número o de superhéroe favorito. Los motivos pueden ser más o menos racionales o disparatados pero el caso es que coincidimos con esos locos bajitos al fin y al cabo.

Cuando recibo la progra de febrero de 2018 y veo que el trabajo me lleva a Bolivia, casi grito de alegría. Yupiiii!!!

Ya he visitado anteriormente el país tres veces, la última hace justo un año, y tengo muy claro cual va a ser mi próximo destino.

Sucre, Patrimonio Universal Unesco desde 1991, estaba en mi órbita desde que empezamos a volar a Santa Cruz de la Sierra y me convenzo del todo cuando descubro que la aerolínea regional Amaszonas une ambas ciudades en vuelo directo.

Al llegar a la oficina de firmas, tras el visto bueno del comandante, se da otra circunstancia que facilita aún más mi plan. La ciudad está bloqueada por una serie de movilizaciones a favor y en contra del presidente del país, Evo Morales, con motivo del segundo aniversario del referéndum que rechazó la posibilidad de que el mandatario fuera reelegido. Por ese motivo, de manera excepcional, nos cambian el hotel a uno ubicado a sólo un paseo del aeropuerto así que no tendré que madrugar tanto para coger el vuelo que sale a primera hora. No puedo sino sonreírme por verme recompensado con semejante eficacia gracias a un asunto político. Inaudito.

Caminando a la terminal

He dormido bien y tras un copioso desayuno me voy andando al aeropuerto y, una vez en el mostrador, compro el billete de ida y vuelta en el mismo día. Previamente había confirmado que no había problemas de asientos libres y que tenía un descuento del 30% con plaza confirmada por ser tripulante. Total, unos 60 euros por los dos trayectos.

Al llegar al aeropuerto internacional de Alcantarí después de una plácida hora de vuelo, me doy cuenta de un descuido en mi labor de documentación cuando descubro que tengo que recorrer todavía 30 kilómetros para llegar a la ciudad. La buena noticia es que a la salida de la terminal, además de taxis, hay minivan compartidas que parten dirección a Sucre por menos de 5 dólares.

Nada más llegar, corroboro al instante lo que ya había leído. Sucre es, con diferencia, la ciudad más bonita de Bolivia. El tamaño y la tranquilidad le confieren una aire acogedor y llama la atención la gran presencia de arquitectura religiosa con innumerables iglesias antiguas. Las fachadas blancas de las edificaciones están decoradas con balcones llenos de macetas con flores, y los techos de las casas son de barro cocido que me recuerdan a los pueblos blancos de Andalucía. Sin duda, el mayor deleite consiste en recorrer a pie sus tranquilas calles empedradas y maravillarse ante uno de los máximos exponentes de la arquitectura colonial hispánica de América. 

Una historia apasionante 

La primera visita obligada me lleva a la Casa de la Libertad, donde se firmó el acta de independencia, el 6 de agosto de 1825. Los guías son tan entusiastas como cualificados y uno asiste con verdadero interés a las explicaciones, que resultan muy amenas.

La ciudad recibe el nombre de Antonio José de Sucre, prócer de la independencia hispanoamericana a las órdenes de Simón Bolívar, quien lo nombró presidente del país por su brillante trayectoria militar en distintos puntos del continente en la lucha común por conquistar el sueño de una América unida. Bajo su mandato, Sucre impulsó la escuela pública, organizó el aparato administrativo y puso en marcha ambiciosos programas para la recuperación económica.

El nuevo estado llevaría el nombre de «Bolívar», en homenaje al libertador, quien fue nombrado también «Padre de la República y Jefe Supremo del Estado”. Un tiempo después se volvió a plantear el nombre de la joven nación siendo un diputado, Manuel Martín Cruz,  quien proclamó el famoso  “si de Rómulo viene Roma, de Bolívar vendrá Bolivia”.

A la salida, instruido y complacido a partes iguales, recorro la apacible plaza 25 de Mayo y contemplo los principales atractivos de la ciudad: la Catedral renacentista con su pintoresco campanario, el imponente Palacio del Gobierno Autónomo Departamental de Chuquisaca y continúo maravillado hasta el cercano templo de Nuestra Señora de la Merced. A cada paso, me sorprenden tanto la riqueza arquitectónica como el magnífico estado de conservación y me felicito por el hecho de que esté todo tan concentrado en muy poca distancia. Por ello, antes de comer decido regresar a la plaza 25 de Mayo para tomar un bus que me lleva a un lugar muy curioso, situado a las afueras de la ciudad.

Antepasados muy fieros

Sucre se extiende en un valle exuberante, rodeado de montañas y una orografía fértil que resultó ser el reclamo perfecto para unos habitantes que ocuparon estas tierras hace mucho tiempo. Tanto como 65 millones de años aproximadamente, en el Cretácico. El sorprendente hallazgo que lo corrobora se produjo en el año 1994, durante la explotación de una cementera, al descubrir de manera fortuita el rastro de más de 10.000 huellas de dinosaurios. Desde entonces, el lugar, se ha convertido en el mayor yacimiento del mundo. Lo llamativo es que el recorrido de las pisadas está perfectamente marcado sobre una pared casi vertical, con una altura hasta de 80 metros y más de un kilómetro de largo.

Los visitantes entramos al yacimiento ataviados con casco de protección y podemos contemplar las huellas muy de cerca, hasta casi tocarlas. Entretanto, a menos de 100 metros de distancia los obreros siguen indiferentes con sus trabajos de extracción.

De vuelta a la ciudad, con un hambre animal, me zampo un sabroso pique macho en uno de los restaurantes recomendados por la guía y de ahí subo al mirador que se encuentra frente al monasterio de la Recoleta, desde donde se tiene una vista maravillosa sobre toda la ciudad.

La tarde avanza y reparo en que se acerca el momento de regresar.  La excursión ha sido inmejorable y no puedo estar más satisfecho aunque, inevitablemente, siempre acaba sonando la sirena que anuncia el final del recreo.