Ruinas de la Santísima Trinidad del Paraná

26-5-2021. Destellos de Paraguay
Enfrentar el misterio de no saber qué te espera ahí fuera nos produce a todos un efecto paralizante al principio. Más tarde, cuando te convences y echas un pie más allá de la zona de confort, asumes que cualquier eventualidad puede darse a partir de entonces y es ahí donde empieza, lo que llaman, el proceso de aprendizaje. Los imprevistos pueden ser un motivo de estrés y pueden llevarte a una situación de bloqueo aunque también tienen una lectura positiva. Te activan emocionalmente con tal intensidad que gracias a ellos las experiencias se convierten en inolvidables.
UN PLAN GUAY DEL PARAGUAY
A primeros de marzo de 2017, me programan un vuelo a Asunción. Voy a visitar Paraguay y en los dos días de estancia decido visitar las ruinas jesuíticas de Trinidad, uno de los complejos arquitectónicos Patrimonio Universal de la Unesco menos visitados del mundo, situado a unos 410 kilómetros al sureste de Asunción. La distancia entre la capital paraguaya y Encarnación, la ciudad más cercana a mi destino, sólo puede completarse por carretera así que opto por el bus, a pesar de las advertencias que he leído con respecto a la seguridad en la zona de la estación. Paraguay es un país relativamente seguro pero, como en todas partes, hay zonas en las que conviene estar vigilante.
La idea es viajar por la noche en un asiento semi-cama de la em-presa La Encarnacena partiendo a las 00:30h de la madrugada y con llegada a Encarnación 6 horas y media después. Una vez allí cogeré un microbús mucho más modesto que me dejará en una parada ficticia, en mitad de la carretera, desde donde tendré que caminar unos 10 minutos hasta la entrada a las ruinas. En total, estaré unas 14 horas y media en carretera por unas 7 horas de visita y no puedo estar más ilusionado!
Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador…
He aterrizado el mismo día por la mañana, con tiempo suficiente para descansar y preparar todo lo necesario para la excursión. Agua fría, comida abundante, bañador, toalla, muda extra y gorra para soportar las altas temperaturas de la zona completan, junto a mi inseparable Lonely Planet, el contenido de la mochila. Realizo el pago del billete ida y vuelta desde el hotel y alrededor de las 23:45h bajo a recepción para llamar al taxi que me lleve a la estación. Cuando las distancias lo permiten, prefiero caminar para estirar las piernas y activarme pero siendo la primera vez y tras leer las recomendaciones de la guía, esta vez decido hacer los algo más de 5 kilómetros en coche.
Una vez más, seguramente por deformación profesional, llego con tiempo de sobra y decido darme un paseo por el interior de la terminal, completamente ajeno a lo que iba a suceder allí mismo tan sólo unos minutos después. De camino a la zona de andenes, me reúno con el grueso total de pasajeros, menos de 50, que esperan pacientes sus respectivas salidas. Es algo más de media noche y la tranquilidad reina en la vieja estación.

¡FUEGO!
De repente, oigo un creciente murmullo de voces. Me giro y a la izquierda un grupo de personas señalan nerviosas a la segunda planta del edificio y al alzar la cabeza veo un fuego. Un fuego considerable y violento que avanza a gran velocidad. A partir de ahí todo se sucede muy rápido y de manera atropellada. Algunos empiezan a gritar tratando de avisar a los que puedan haber dentro del edificio, otros llaman angustiados por teléfono, unas mujeres reúnen apresuradas a sus hijos y al equipaje en una zona más alejada. Faltan unos 10 minutos para la hora de salida y mi autobús permanece cerrado con el conductor dentro. Los pasajeros, inquietos, se agolpan en el vehículo y empiezan a exigirle que abra. Este, que parece completamente ajeno, reacciona en un instante y visiblemente asustado nos indica con el dedo que no va a abrir y que tiene que sacar el autobús cuanto antes del andén. “¿Cómo??”, “¿a qué viene esto?”. Algunos se enfurecen y golpean la puerta. Mientras tanto, las llamas se acercan peligrosamente, han alcanzado ya el techo y la estructura empieza a caer sobre el piso. Una potente explosión provoca chillidos entre los más pequeños y el caos se instala definitivamente en la estación. No hay más remedio que evacuar de urgencia.
De pronto, el conductor da marcha atrás y sale a toda prisa del andén, frena en seco a unos 30 metros de distancia, nos hace unos gestos y adivinamos sus intenciones. A la carrera, alcanzamos el vehículo y embarcamos precipitadamente entre sofocos, saltándonos el protocolo de comprobación de billetes. En la huida desesperada, desde las ventanas del lado izquierdo, somos testigos de la magnitud de la tragedia. El fuego desatado sigue devorando con saña la segunda planta del edificio y en la distancia oímos aproximarse las sirenas de los bomberos. Al alejarnos, sintiéndonos ya a salvo, recobramos poco a poco la calma y el autobús permanece en silencio durante casi todo el trayecto.
Al día siguiente la noticia abrirá los informativos nacionales como “un incendio sin precedentes” en la historia de la ciudad de Asunción.
Amanece una hora antes de llegar a Encarnación y tras desperezarme, mi estómago anuncia con urgencia que es hora de desayunar. Por un instante me asalta el desasosiego al no saber qué voy a encontrarme cuando regrese a Asunción o si cancelarán el trayecto de vuelta por el incendio pero, mientras engullo el sandwich de paté, del lado derecho observo de repente uno de los highlights que me han traído aquí. El gran río Paraná, el segundo más largo de Sudamérica y el quinto más caudaloso del mundo discurre apacible entre Paraguay y Argentina camino de su desembocadura en el océano Atlántico. Como si de un jardín Zen se tratara, la visión del colosal arroyo consigue relajarme y pronto concluyo que no voy a preocuparme por anticipado. “Resolveré sobre la marcha, siempre hay alternativas”, me repito.
A Encarnación se la conoce como la “Perla del Sur” por ser la ciudad más atractiva del país y también por albergar uno de los carnavales más divertidos del continente. El Paraná hace de frontera natural con Argentina y en la orilla del lado paraguayo destaca la extensa playa fluvial, que es su principal reclamo turístico. En el margen opuesto, Posadas, y ambas ciudades unidas por un espectacular puente inspirado estéticamente en el Golden Gate de San Francisco.

UNAS RUINAS QUE SE ESCONDEN
De todos modos, mi primera parada son las ruinas jesuíticas y para ello pregunto en la estación por el bus que va a Trinidad sobre la ruta 6. Todavía me quedan unos 45 minutos hasta mi destino y pronto me doy cuenta de que no van a ser los más cómodos. Las prestaciones del mini bus y el hecho de que vaya atestado de pasajeros no invita al descanso, aunque me animo al verme, como el único forastero, en un universo tan peculiar y distante.
Las paradas se suceden cada poco y los vendedores ambulantes suben ofreciendo agua, dulces y el tradicional pan de chipa, hecho con almidón de mandioca y queso. Llama la atención la habilidad con la que se mueven con la mercancía a cuestas por el abarrotado y reducido pasillo.
Al subir al bus había preguntado a la señora de al lado por la parada a las ruinas y ahora, en un alto en mitad de la carretera, me veo sorprendido con su amable aviso. “¿Aquí, seguro?”, pregunto y se reafirma señalándome una senda que sube del lado derecho. Al apearme en solitario, observo que no hay ni rastro de indicación del que es el principal reclamo cultural del país.
Tras un paseo de unos 5-10 minutos bajo un sol castigador y tras pagar 25.000 guaraníes (unos 3 euros) por la entrada, por fin me hallo ante la última y mejor conservada reducción construida por los jesuitas españoles que se asentaron en Paraguay en los siglos XV y XVII.

Las ruinas de la Santísima Trinidad del Paraná, en Itapúa, destacan por su diseño urbanístico, obra del arquitecto Juan Bautista Prímoli.
El circuito se inicia con la Plaza Mayor, un amplio espacio común bordeado por las casas de los nativos, estas a su vez adornadas con arcos que recuerdan el estilo romano.
Más adelante, se yergue la construcción principal, la Iglesia Mayor, donde se aprecian verdaderas piezas de arte, como la pila bautismal, tallada en 1720, y el púlpito del sacerdote, finamente trabajado con figuras religiosas de estilo barroco guaraní.
Las paredes aún esconden retazos de figuras y otros elementos arquitectónicos, como las estatuas, todas descabezadas.
Los jesuitas igualmente construyeron en la reducción instituciones de enseñanza para los indígenas, además de cementerios, talleres y zonas de cría de ganado y agricultura.
Sorprende poderosamente que seamos menos de 10 personas en un lugar que es Patrimonio Universal de la Unesco desde 1993 y que abarca unas 13 hectáreas de campo abierto. Un auténtico privilegio no exento de pequeños inconvenientes. No hay árboles donde apaciguar el asfixiante calor ni alguien cerca que pueda tirarte una foto.
ENCARNACIÓN Y SU CARNAVAL
De regreso a Encarnación, en otro mini bus que me recoge en modo autostop, la prioridad es refrescarme y comer algo pero también buscar algún vestigio de la reciente fiesta. Lonely Planet Sudamérica para mochileros destaca el carnaval de la ciudad como uno de los más originales y divertidos, junto con el de Río, e incluso lo selecciona como una de las 15 mejores experiencias de las que disfrutar en el viejo continente.

La equivalencia con el de Río de Janeiro quizá parezca exagerada aunque las comparaciones son inevitables puesto que, al igual que el brasileño, el carnaval encarnaceno se celebra en un sambódromo situado en el reluciente paseo marítimo de la ciudad. Yo me lo pierdo sólo por muy poco, puesto que hoy es el primer viernes de marzo y la fiesta se ha celebrado durante los fines de semana de febrero. Reconozco que ver el sambódromo vacío en primera línea de playa me pone los dientes largos y sueño con que en un futuro pueda verme allí festivaleando por todo lo alto.
Tras refrescarme y contemplar desde la distancia el famoso puente que une dos países, busco el mejor restaurante donde probar la especialidad culinaria local, el lomito árabe, una especie de kebab al estilo paraguayo. Caminata en vano puesto que está cerrado así que aprovecho que estoy cerca para ver la plaza de Armas y pasear por las calles principales hasta que, otra vez, el sofocante calor del verano paraguayo se apodera de mí. Al final improviso y acabo zampándome una Big King en la Costanera, extasiado de placer frente al potente aire acondicionado.

Pongo fin a mi periplo con una rápida visita a la antigua casa de Alfredo Stroessner, el oriundo de Encarnación más conocido en el país, no precisamente por su buena obra. Ahora reconvertida en una coqueta universidad privada, la institución se mantiene ajena a la historia del golpista sanguinario que convirtió Paraguay en la dictadura más longeva del continente.
Durante el camino de regreso y a la llegada a Asunción no hay más percances salvo que desembarcamos unas calles más allá de la terminal incendiada. Dicen que lo que mal empieza mal acaba y yo, después de esta aventura, no puedo estar más en desacuerdo.
De hecho, ya estoy pensando en la próxima!

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