thumb image

Nadando entre tiburones en Holbox


La Riviera Maya no es sólo uno de los destinos de playa más visitados por los españoles en el Caribe, es también una de las zonas de Méjico con más alternativas para el turismo al aunar historia, cultura, parajes increíbles, buena gastronomía y excelentes instalaciones hoteleras y de ocio. Chichen Itzá, Tulum, los cenotes o Xcaret son sólo algunos de los ejemplos más representativos.

Además de todo eso, la sorprendente fauna marina de la zona está formada, entre otras especies, por tortugas, erizos, rayas o los asombrosos tiburones ballena.

Para ver de cerca a estos últimos, es necesario visitar la isla de Holbox durante los meses de verano (de junio a septiembre) y sobre todo no sentirse intimidado por su enorme presencia. No en vano, el tiburón ballena es considerado el pez más grande del planeta y algunos llegan a medir más de 15 metros y pesar hasta 13 toneladas.

Este gigante del océano de color gris con unas manchas blanquecinas que le otorgan un aspecto inconfundible, se alimenta tan solo de plancton y para ello, lo filtra a través de su boca. Este animal misterioso llega a Holbox cada año en busca de alimento pero no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va después.

A pesar de su tamaño imponente, el tiburón ballena es totalmente inofensivo y desde la primera vez que los vi en internet, me propuse el reto de zambullirme en alta mar y nadar con ellos. Como siempre, las piezas empezaron a encajar a partir de un golpe de suerte.

Todo empieza a finales de julio de 2018 cuando recibo exaltado la programación de agosto. Tengo un servicio de dos días en Cancún y, tras confirmar disponibilidad y consultar precios, comunico con la tripulación para ver si alguien más pica.

Para mi sorpresa, Hanny, Yurena y Julio se apuntan casi sin pensárselo. Hanny, de hecho, está tan entusiasmada con la idea que se suma en la búsqueda por conseguir las mejores condiciones y al final, gracias a un contacto suyo, cerramos un precio inmejorable. La excursión incluye la recogida en nuestro hotel Melody Maker, traslado a Holbox, viaje en lancha hasta el lugar donde se encuentran los animales, visita a Isla Mujeres, almuerzo ligero a base de ceviche y ensalada, equipo de snorkel y regreso al hotel. Total 115 dólares por persona. A toro pasado, un auténtico chollo.

El día D, a las 7:30 nos recogen puntuales y durante el trayecto a nuestro destino hacemos varias paradas en otros hoteles para recoger a más clientes. Tenemos casi una hora de bus hasta llegar, así que aprovechamos para desayunarnos el sandwich y un café que nos han dejado en recepción. Al llegar, nos dirigimos al muelle para abordar la embarcación, no sin antes recibir un briefing con una serie de directrices importantes para hacer de la visita una experiencia 100% segura. Las más importantes:

– Hay que llevar el chaleco salvavidas en todo momento.

– No tocar a los animales bajo ninguna circunstancia. Se recomienda guardar un mínimo de dos metros de distancia.

– No nadar por debajo de ellos.

– La inmersiones desde la lancha han de hacerse lentamente. No hay que lanzarse bruscamente al mar.

– No está permitido el uso de flash para las fotografías.

– Es obligatorio respetar las indicaciones de los guías.

Una vez instruidos y un tanto inquietos, partimos junto con cinco hindúes miembros de la misma familia y dos tripulantes con rumbo al punto en donde se vieron ejemplares el día anterior. Los tiburones se mueven en un rango máximo de unas tres millas por día por lo que es relativamente sencillo encontrarlos por la zona, si no están en el mismo lugar.

Después de una hora y media surcando el mar a toda velocidad, nos reunimos, por fin, con el resto de embarcaciones que han llegado para lo mismo. De primeras se nos antoja que son demasiadas, pero al instante nuestra atención se ve eclipsada por lo que ocurre a nuestro alrededor. Sumergidos a muy poca profundidad y asomando por momentos la aleta dorsal, aparecen los primeros ejemplares. Uno, dos, tres…perdemos la cuenta. Estamos rodeados!

Apresurados, tenemos que decidir quién entra al mar antes. Los dos guías nos indican que hay que hacerlo por parejas y sin perder tiempo. A pesar de la excitación, quiero tirarme cuanto antes y sólo la cortesía me inhibe de hacerlo en primer turno. Después de unos diez minutos, nos toca a Yurena y a mí y, tras colocarnos las gafas y el tubo, nos arrojamos al mar los segundos con el corazón en un puño.

La sensación es maravillosa. Los animales, despreocupados, se mueven tranquilos y sin aparente rumbo fijo. Debido a su descomunal tamaño no son animales veloces y sólo alcanzan los 5 kilómetros por hora, lo cual facilita que podamos acercarnos a ellos aunque, ojo!, para respirar utilizan sus branquias para filtrar el oxígeno del agua y al abrir la gigantesca boca frente a nosotros es inevitable pensar que uno pueda acabar, cual Gepeto y Pinocho, dentro de ella.

Además, hay que ir con cuidado para no ser golpeado por sus enormes colas, que mueven lateralmente para propulsarse en el agua. Sin embargo, como hechizados ante la visión de una hoguera, la atracción por sentir el fuego de cerca vence al recelo e inevitablemente todos acabamos imantados al majestuoso animal, con el pulso acelerado, hasta casi tocarlo.

Finalmente, nadie quiere salir del agua. Máxime cuando una vez arriba, el bamboleo de la lancha varada en alta mar nos produce a todos un mareo ingobernable. Me río yo de las turbulencias del avión. Por si fuera poca la recompensa, la segunda vez que entramos al agua tenemos la fortuna de contemplar embelesados una manta raya de más de dos metros de envergadura que se pasea indiferente entre nosotros y los tiburones. Deambulaba por allí en el momento justo. No se puede pedir más.

De regreso, todavía recuperándonos de la impresión y del mareo, paramos en Isla Mujeres para relajarnos cerca de la orilla, disfrutar de un snorkel más liviano y comer. El ceviche y la playa superan las expectativas y complementan el plato fuerte del día.

Tras ocho horas intensas de excursión, llegamos felices al hotel, ansiosos por visionar las imágenes captadas por las cámaras acuáticas y conscientes de haber vivido una experiencia única. Años después, cada vez que coincidimos, seguimos recordándola emocionados.

 

thumb image

Mirando a la fascinante Cuenca (06/21)


Convencer a alguien para que se sume a una escapada durante un franco en destino (2 días) parece sencillo pero cuando adviertes que para llevarla a cabo hay que encerrarse durante 16 horas (8 por trayecto) en un autobús, la cosa cambia radicalmente. Ya puede ser el mismísimo paraíso. La excusa es siempre la misma, el cansancio, cómo no, el principal adversario del tripulante de cabina. Aunque fundamentada, he comprobado durante años que, mientras se dispongan de las horas necesarias para descansar, lo que hagas en destino no repercute negativamente en la capacidad restauradora. Es más, personalmente el sedentarismo en un destacamento no me ayuda a dormir mejor, sino todo lo contrario.

Siempre he pensado que, por lo general, la negativa se produce por adelantado, al sucumbir a la pereza inicial y también al recelo por la percepción de inseguridad de determinados lugares. El tema es que si renuncias una vez, luego otra, una más y así sucesivamente, es probable que la falta de apetito se acabe enquistando con el tiempo y casi sin darte cuenta, pases de apuntarte a un bombardeo a hacer vida en un radio de sólo unas cuadras alrededor del hotel. 

Sea lo que fuere, lo cierto es que son muchos los compañeros que se autoexcluyen de cualquier excursión alegando una variada lista de pretextos. Los niños y “es que yo ya viajé mucho cuando era más joven” son un clásico. Es una lástima porque aunque haya que tomar precauciones y aplicar el sentido común, Sudamérica es un continente seguro y fascinante que vale la pena conocer.

Menos mal que todavía hay excepciones. Marisa, amiga y coetánea en la aerolínea, es de hecho reincidente ya que estuvo conmigo en Carmelo (Uruguay) hace dos años y cuando vio que formábamos parte de la tripulación a Quito no dudó en animar también a Montse para visitar juntos la ciudad de Cuenca, la hermosa capital sureña de la provincia de Azuay. Me alegré al corroborar que mi poder de persuasión sigue vivo pero mucho más al ver las caras de satisfacción de ambas a posteriori. Nadie puede evitar envejecer, pero probablemente sí evitar incentivarlo.

Los 465 kilómetros que separan la capital ecuatoriana de nuestro objetivo pueden hacerse en avión ya que Latam conecta con el aeropuerto Mariscal Lamar, pero desechamos esa opción in extremis al dar error la aplicación que utilizamos para comprar los billetes Zed y por no jugarnos todo al único vuelo de regreso. Al final, equipados con víveres y alguna almohada, nos embarcamos en un bus nocturno semi-cama de la compañía Santa desde la estación sur de Quitumbe.

Llegamos con los primeros destellos de luz tras 8 horas de vaivenes y sueño interrumpido y recomponiendo poco a poco el cuerpo, todavía entumecido, nos dirigimos al mostrador para sacar el billete de regreso 6 horas y media después.

Un lugar a tener muy en Cuenca

Cuenca te pilla por sorpresa. La llaman la Atenas del Ecuador por su aporte a las artes, a la ciencia y a las letras ecuatorianas, su arquitectura y por ser cuna de poetas y hombres ilustres. A pesar de leer que es Patrimonio Cultural de la Humanidad y una de las ciudades más atractivas del país andino al llegar nos cautivan su aire apacible, la armoniosa mezcla de lo moderno y antiguo y lo bien conservado y cuidado que está su encantador centro histórico, al que nos conduce un flamante tranvía desde la estación de autobuses.

La tercera mayor urbe de Ecuador posee, además, una ubicación impresionante en un valle sobre ríos de agua cristalina. La ciudad se despereza con nosotros, lentamente, mientras nos dirigimos al centro paseando por sus calles empedradas y al llegar a la iglesia de Santo Domingo nos convencemos de que el viaje ha merecido la pena. Sus dos torres blancas de 37 metros de altura que presiden la amplia plazoleta con el mismo nombre, nos trasladan de un plumazo al pasado colonial. Si tan sólo unos instantes antes la prioridad era encontrar una cafetería abierta, ahora ante el derroche de riqueza arquitectónica que se descubre, el café puede esperar. Por lo menos, hasta que nos asomemos a ver las impresionantes cúpulas azules de la Catedral de la Inmaculada Concepción que asoman a tan solo una cuadra.

El edificio impresiona por su tamaño y por su riqueza ornamental. De estilos románico, gótico y renacentista con tres cúpulas de 75 metros que sobresalen del tejado, está inspirada en la Basílica de San Pedro de Roma y es uno de los grandes atractivos arquitectónicos del país. La excitación suple momentáneamente la falta de cafeína así que seguimos el paseo por los alrededores del Parque Calderón donde se congregan un buen número de edificios señoriales entre los que destaca la Catedral vieja, cara a cara con su homónima la joven. Fundada, como la ciudad, hace casi 500 años, en la actualidad funciona como museo de arte religioso.

De allí, entre casas encaladas, nos dirigimos por la calle Simón Bolívar hacia la iglesia de San Blas, dejando del lado derecho el edificio de la Alcaldía y justo al llegar al parque que da la bienvenida al templo, se nos aparece repentino el avión procedente de Quito aterrizando a muy poca altura. Tras el sobresalto, compartimos los últimos bocatas con las palomas que nos han rodeado y, ahora sí, nos vamos directos al grano!

Sugerencia de un viandante al que abordamos en plena calle, el sitio no puede ser mejor. Buen café con ricos desayunos, buena atención, wifi para conectar con la familia e incluso un servicio QR con una ruta turística e información acerca de los museos más importantes. Aprovechamos para cargar los móviles, relajarnos un rato, decidir el itinerario a partir de ahí y tomar un segundo café antes de salir. Aconsejados por el camarero, tras la rica pausa, nos acercamos al cercano río Tomebamba, el más importante de los 4 que cruzan Cuenca y paseamos maravillados por una de sus orillas hasta cruzar un puente, donde cogemos un taxi que nos lleva hasta el mirador del Turi. Las vistas desde allí son espectaculares y, como no hay mucho más que hacer, después de las fotos de rigor el mismo taxista nos devuelve al centro, muy cerca del mercado de las flores.

Nuestras energías, renovadas tras el almuerzo, parecen sincronizadas con la ciudad que, para entonces, ha despertado definitivamente y presenta mayor actividad aunque lejos del bullicio. Gracias a que es domingo, podemos entrar en la Catedral nueva durante la concurrida misa y ver el espectacular interior con su altar mayor bañado en oro, aunque pronto nos invitan a salir al percatarse de que profesamos más interés por el turismo que por la liturgia. Lo siguiente es subir al mirador del templo para observar de cerca las cúpulas fabricadas con azulejos de la República Checa. El precioso azul cielo junto con el rojizo de los tejados del centro histórico completan un escultural lienzo para el deleite.

El sol luce imponente y a continuación, como ya hemos visto lo que queríamos y disponemos todavía de un par de horas largas, subimos a otro taxi decididos a salir de la ciudad rumbo al Parque Nacional Cajas, situado a unos 33 kilómetros al noroeste. La idea es visitar una de sus más de 230 lagunas y dar una rápida caminata por la sierra andina. Cuenca se eleva a 2.560 metros y el ascenso hasta los 3.900 para contemplar Laguna Toreadora, una de las más bonitas del parque, nos quita el aliento y el oxígeno a partes iguales. Otro acierto!

No hay tiempo que perder y decididos a comer antes de subirnos al bus de regreso optamos por comprar un pollo al carbón para llevar en detrimento de la trucha típica de la zona. Como llegamos con casi una hora de adelanto, el taxista propone llevarnos a un mirador nuevo y cercano a la estación así que, siguiendo con la dinámica del sí a todo y apurando al máximo, nos aventuramos a tomar las últimas fotos.

Al final, como en un festín de Asterix y Obelix, nos vemos en una terraza de la estación comiéndonos el pollo con las manos a toda prisa justo antes de embarcar. Eso sí, el pollo más rico en mucho tiempo. Para rematar el momento de tensión, antes de subir nos piden un dólar en cash por la tasa de embarque y no tenemos efectivo! Con los motores ya en marcha, el empleado de la estación se apiada de nosotros y nos deja pasar. Fiuuuuu!

Hemos aprovechado a tope el tiempo y, a pesar del estrés final, la excursión nos ha dejado un sabor de boca inmejorable.