KAIETEUR, UN TESORO ESCONDIDO (12-14/07/2019)
Si me pides recomendación de un lugar donde vivir una experiencia de aventura en estado puro, en un paisaje natural impresionante y remoto de selva, un plan apartado de los circuitos turísticos, de las masificaciones y de los precios desorbitados y, en definitiva, un episodio único que recordarás el resto de tu vida.
Mi respuesta es, sin duda, ve a ver las cataratas Kaieteur en Guyana.
¿Verdad que no te suenan? Yo acabo de regresar (17/07/19) y todavía lo estoy digiriendo.
La mayoría de la gente no sabría ubicar Guyana en el mapa. Mucho menos que el tercer país más pequeño de Sudamérica, antigua colonia británica hasta 1966, conforma junto a otros países de la zona (Venezuela, Surinam, Guayana francesa y Brasil) el denominado escudo guayanés, una de las formaciones geológicas más antiguas del planeta, con mayor biodiversidad y la mayor masa forestal tropical inalterada del mundo.
Guyana, limitada al norte por el Orinoco y al sur por el Amazonas, es también un país de grandes ríos. Berbice, Demerara y Essequivo son los más importantes y precisamente un afluente de este último, el Potaro, alberga en su curso el salto de agua más espectacular que he visto hasta hoy.
Imagina una catarata con la altura de las torres de Madrid, 5 veces más alta que Niágara y la más alta de un solo salto del mundo, con 250 metros, si consideramos que el Salto del Ángel (979 metros) cae casi de manera escalonada en un precipicio con panza. Nada menos que 115.000 litros de agua por segundo se despeñan en un ancho que llega a 123 metros en temporada de lluvias.
Pero no sólo eso. Para llegar a ella tendrás que sobrevolar, durante una hora en una avioneta de 10 plazas, la mayor selva virgen que hayas visto (las copas de los árboles se empujan unas a otras dibujando auténticos brócolis desde el aire!) para acabar aterrizando en una pista rudimentaria muy cerca de la parte alta del precipicio a los pies de la cual se sitúa la única edificación de madera del lugar que hace las funciones de entrada al parque. Un desfase de infraestructura, vamos. Cabe señalar que alguna agencia organiza también trekkings de ida de tres días de duración desde Georgetown.
El piloto de nuestra aeronave tuvo el detalle de hacer un par de pasadas frente a la catarata antes de aterrizar para deleite de los seis turistas que aprovechamos para desenfundar las cámaras y dejar testimonio del espectáculo.
Lo que sigue es un fácil paseo de unos 45 minutos por unos senderos que rodean el extremo oriental de la catarata hasta llegar a unos balcones naturales desde donde apreciar su majestuosa belleza. Durante la época de lluvias, en el camino es fácil avistar unas minúsculas ranas doradas que producen un veneno potencialmente mortal y, a veces, al llamativo gallito de las rocas (cock of the rock).
El camino de vuelta a Georgetown lo pasas contemplando de nuevo la selva y reflexionando lo visto. Jamás había visto tantos árboles! Afirmar cosas del tipo “mi alma ha conectado con la tierra” o reflexiones por el estilo suenan menos pueriles desde aquí. Incluso el más insensible debiera manifestar aquí algún pensamiento o conciencia con respecto al derroche de naturaleza contemplado.
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